No creo que sea tan descabellado pensar esto

Me disgustan esas preguntas que me hago y para las que no hallo respuestas, a pesar de buscarlas de forma concienzuda.

No obstante, cuando las encuentro, suelo quedarme tranquilo hasta que me doy cuenta de que tengo que seguir buscando la solución a otras cuestiones.

Llevaba tiempo preguntándome cuántas personas hemos estado en este planeta desde que el ser humano es humano. Es decir, desde el Homo Sapiens moderno; o sea, desde hace unos 50.000 años.

Obviamente, sólo hay datos demográficos científicos de los últimos siglos. Del resto de los años sólo podemos hacer estimaciones. Pero después de investigar en varias fuentes me decanto por pensar que en el planeta azul hemos nacido unos 110 mil millones de seres humanos. Repito: ésta es sólo una estimación, pero no muy descabezada.

Y si ahora somos unos 7 mil millones de personas las que estamos vivas, entonces somos el 6,4 % del total de la humanidad, presente y pasada.

Por tanto, no es tan descabellado pensar que si en los últimos años hay una concentración tan grande de personas (en comparación con los anteriores 50.000 años) podamos estar destruyendo este simpático planeta. Por supuesto sin quererlo. Pero lo peor es que lo estemos haciendo sin saberlo.

Me obligan a enviar por correo electrónico una carta escrita a mano

Un día, dejándome llevar por unas expectativas exageradas, me abrí una cuenta en PaySafecard.com.

Una vez que me registré fue cuando pude acceder a toda la información completa sobre el servicio que ofrecen, y entonces fue cuando descubrí que mis expectativas iniciales habían sido realmente exageradas. Por tanto, decidí darme de baja; sin embargo, no existía ninguna manera de cancelar mi cuenta.

Yo estoy acostumbrado a que se me permita darme de baja de aquellos servicios contratados que ya no me interesan. Pero esta vez no existía la forma de hacerlo; por eso envié varios correos electrónicos solicitando la cancelación de mi cuenta. Y por fin, después de varios (muchos) intentos, me contestaron. Y aquí es donde viene la sorpresa…

Para darme de baja tenía que enviar por correo electrónico una carta escrita a mano. Repito: una carta escrita a mano enviada por correo electrónico. Yo también tuve que leerlo tres veces porque no me lo podría creer ni a la primera ni a la segunda. A la tercera me descojoné.

Incluso me imaginé la situación: yo cogía un folio y un bolígrafo, escribía a mano una carta solicitando la cancelación de mi cuenta, y luego dudé entre si tendría que escanear la carta o hacerle una foto intentando que el reflejo del flash no impidiera que fuera legible, para luego enviarla por correo electrónico. Me volví a descojonar.

Menos mal que mientras me imaginaba haciendo todo eso, por fin recuperé la cordura y pensé: ¿cómo coño voy a escribir una carta a mano (con un objetivo tan absurdo) si hace lustros que no escribo con bolígrafo? Recuerdo que la última vez que anoté un apunte en el reverso de mi tarjeta de visita me entraron unas agujetas en los dedos que me duraron más de cuatro días.

No hombre, me niego a hacer el ridículo de esta manera, a pesar de que cuando me registré en la web de PaySafecard acepté las Condiciones Generales de Contratación, y en concreto el surrealista punto 16.2. Generalmente no leemos las condiciones generales porque tampoco esperamos que en ese texto nos indiquen que para darnos de baja tendremos que enviar por correo electrónico una carta escrita a mano. Me vuelvo a descojonar.

En fin, ya sabes lo que te espera si tú también te abres una cuenta en PaySafecard.com.

Me descojono.

En casa del herrero, blog desactualizado

Ya he recibido muchos correos electrónicos en los que se me pregunta por qué tengo tan abandonado este blog. Y el que acabo de recibir, ha colmado el vaso; por eso, he decidido escribir algo, aunque sea esto…

Es cierto, lo tengo abandonado; pero no es por descuido ni por pereza ni por procrastinación. Yo escribo cada día durante varias horas, y entre otras cosas, escribo una media de tres artículos, pero son para mis clientes.

Como supongo que sabes (o como puedes leer aquí), soy escritor negro; es decir: escribo para todas aquellas personas o empresas que contratan mis servicios de escritor por encargo. De manera que cuando me toca escribir algún post para este blog, siempre —no casi siempre, sino siempre— coincide con la hora de atender otros asuntos que no puedo dejar para otro momento.

Así las cosas, pasa un día y otro y otro y otro… y efectivamente, me ocurre lo mismo que al herrero, en cuya casa los cubiertos son de madera, porque el pobre herrero no para de hacer cubiertos de acero para sus clientes. No obstante, el herrero no se queja: prefiere poder pagar la hipoteca de su casa a comer con una cuchara de acero.

Y yo, al igual que el herrero, tampoco me pienso quejar.

Es ella…

Intento ser libre pero no lo consigo. Ella me tiene encadenado y dominado. Trato de esquivarla pero me atrae y me hipnotiza. No puedo vivir sin ella aunque quiero hacerlo. Sé que no me conviene porque si no me hizo daño a la entrada, me lo hará a la salida. Sé que ella no me conviene…

Es la más dura de las drogas. Y cuando ya creí haberla vencido reaparece de nuevo tentándome, provocándome, animándome, convenciéndome, cautivándome… Es ella.

Ya me la prohibí una vez y volví a caer. Me la prohíbo ahora pero sé que en ella caeré de nuevo. Espero no convertirme en el único animal que de tanto tropezar con la misma piedra la acabe convirtiendo en arena fina.

Ella me domina, me ciega, me fascina, la tengo en mi mente de forma crónica. Me esfuerzo por no rendirme fácilmente; lucho de forma brava por escaparme de su hechizo, pero todo resulta baldío e inútil, porque ella es ella y me atrapa.

Es fácil caer en sus garras porque cuando ella me falta, la vida es en blanco y negro, vacía y sin sentido. En cambio, cuando me tiene entre sus garras, la vida es como el arco iris, me dan placenteros ataques de taquicardia y me sube la tensión de forma deliciosa: pum pum, pum pum, pum pum… Es ella.

Pero me da miedo, mucho miedo, porque ella es lo único en esta vida que de un chasquido me puede llevar de la euforia al desánimo, del clímax al vacío, del mismo paraíso al averno… Lo malo es que cuando has estado en el paraíso que es ella, ya no puedes conformarte con vivir sin ella y con los pies en la Tierra.

Qué puedo hacer contra esa droga tan poderosa que una vez que la has probado ya no puedes desengancharte de ella…

Es ella.

¿Te imaginas un partido político sin ánimo de lucro?

Siempre he pensado que la mayoría de los políticos se comportan como si el partido al que pertenecen fuera un fin en sí mismo, y se olvidan de que el partido no es más que una herramienta para hacer políticas en favor de los ciudadanos.

La mayoría de los políticos no entienden las necesidades del pueblo porque desde que se profesionalizan dentro de sus partidos dejan de formar parte del pueblo.

Y para colmo, desde que en las pasadas elecciones europeas la formación PODEMOS diera tamaña sorpresa consiguiendo cinco escaños y convirtiéndose de repente en la cuarta fuerza política de nuestro país, se ha agravado aún más la situación: ha quedado patente que para la mayoría de los políticos pertenecientes a los partidos tradicionales somos unos simples clientes, y por ende, los partidos son unas meras empresas.

Las empresas mercadean con productos y servicios, y los partidos lo hacen con los votos; por eso, para los partidos, los estudios demoscópicos no son más que estudios de mercado que les ayuda a prever el número de votos (de clientes) que van a conseguir en las próximas elecciones.

Repito: para los partidos somos clientes. Somos simplemente una fuente de financiación: cuantos más votos obtiene un partido (cuanta más representación parlamentaria logra), más dinero consigue.

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¿Y quién se atreve a ponerle el cascabel al gato?

Para afrontar la lectura de este artículo es necesario poner a prueba todo el coraje mental con el que uno cuenta, para liberar el pensamiento de paradigmas mentales y desafiar el peso de la tradición. Si acaso no leyeras este artículo completamente, entonces no me darás la oportunidad de mostrarte la profundidad de mi tesis y las razones por las que la expongo. En consecuencia sacarás tus propias conclusiones antes de que yo pueda explicarte las mías.

Con seguridad esto que pienso no va a gustar a mucha gente y tampoco me va a ayudar a hacer amigos. Pero es imprescindible decir lo que pensamos y mucho más si consideramos que aquellas conclusiones a las que nos han llevado nuestras reflexiones son de importancia superlativa. Sucede que, de vez en cuando, al reflexionar sobre ciertas cosas aparentemente simples de la vida y de las relaciones interpersonales, conseguimos identificar enormes desajustes e injusticias sociales sobre los que se fundamenta nuestra sociedad.

Quién no se ha planteado alguna vez la pregunta de ¿por qué hay tanta desigualdad e injusticia social y económica entre los seres humanos? ¿Cómo es posible que haya tanta gente que se muere de hambre y de sed mientras que otras personas tienen más dinero del que se podrían gastar en un millón de vidas que duraran mil años cada una?

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Las dichosas cookies; por no decir las putas cookies

Hola, apreciado señor Google:

He de reconocer que le había sobrevalorado. Yo le creía más listo de lo que realmente parece que es.

No se me enoje. Permítame que a continuación me explique.

Siempre he sido consciente de que matar el tiempo no es un asesinato, sino un suicidio; por eso, suelo emplear de forma adecuada las 24 horas de las que dispongo cada día. No obstante, a veces me apetece hacer el ganso y entro en su web, en Google, para buscar información sobre, por ejemplo, “cómo montar una granja de moscas”, y por culpa de las putas cookies, a partir de ese momento, cada vez que navego por Internet usted me bombardea con los putos anuncios Google AdSense de criaderos de insectos.

¿Usted es tonto, señor Google? ¿Realmente cree que voy a montar la puta granja de moscas? ¿No le parecen a usted un coñazo esos putos anuncios? ¿De verdad piensa que está mejorando la experiencia de navegar por Internet? ¿Se cree usted más listo porque es capaz de saber cuáles son las búsquedas que hago en Google para después bombardearme con anuncios sobre dichas búsquedas? ¿O por el contrario usted es tonto y cree que el hecho de que yo busque algo, por las razones que yo sólo sé, significa que me interesa realmente?

No se me enoje, señor Google, pero ¿usted es gilipollas?

Mi pregunta no es retórica, espero respuesta. A ver si es usted tan listo y descubre mi pregunta y me la responde. Con los muertos de las putas cookies.

Un saludo sincero y respetuoso.

Manu Moreno