¿Y quién se atreve a ponerle el cascabel al gato?

Para afrontar la lectura de este artículo es necesario poner a prueba todo el coraje mental con el que uno cuenta, para liberar el pensamiento de paradigmas mentales y desafiar el peso de la tradición. Si acaso no leyeras este artículo completamente, entonces no me darás la oportunidad de mostrarte la profundidad de mi tesis y las razones por las que la expongo. En consecuencia sacarás tus propias conclusiones antes de que yo pueda explicarte las mías.

Con seguridad esto que pienso no va a gustar a mucha gente y tampoco me va a ayudar a hacer amigos. Pero es imprescindible decir lo que pensamos y mucho más si consideramos que aquellas conclusiones a las que nos han llevado nuestras reflexiones son de importancia superlativa. Sucede que, de vez en cuando, al reflexionar sobre ciertas cosas aparentemente simples de la vida y de las relaciones interpersonales, conseguimos identificar enormes desajustes e injusticias sociales sobre los que se fundamenta nuestra sociedad.

Quién no se ha planteado alguna vez la pregunta de ¿por qué hay tanta desigualdad e injusticia social y económica entre los seres humanos? ¿Cómo es posible que haya tanta gente que se muere de hambre y de sed mientras que otras personas tienen más dinero del que se podrían gastar en un millón de vidas que duraran mil años cada una?

Sartre afirmó alguna vez que el hombre nace libre, responsable y sin excusas. Yo añadiría a esa lista la palabra “rico” o “pobre”. Pues, queramos admitirlo o no, también el nivel de riqueza o de pobreza es parte de la vida de muchas personas cuando nacen, y viene a ser una suerte de don, si nace en una cuna de oro, o de maldición, si éste nace en el seno de una familia pobre. Por supuesto que hay excepciones, y que precisamente son las que confirman mi tesis. Además, sólo nos enteramos de las excepciones, es decir, sólo llegamos a conocer a ésos que, a pesar de haber nacido en una familia humilde, llegaron a amasar una ingente fortuna. Pero ¿y los millones de personas que nacen en una familia humilde y mueren dejando tras de sí a varias familias humildes?

En definitiva, el derecho de herencia es un constructo social que desde hace siglos se ha ido transmitiendo y conservando por la tradición, y que no por el simple hecho de ser aceptado por la costumbre y por haber sido mantenido inalterable a lo largo del tiempo, deja de ser negativo y nocivo para la convivencia humana, siendo, sin duda, el verdadero causante de las desigualdades económicas e injusticias sociales que se dan en todo el mundo, porque prolonga de forma indefinida los privilegios para unos y las desventajas para otros, ya que privilegia al rico a heredar riqueza y condena al pobre a heredar pobreza, sin importar los méritos y merecimientos de cada uno. Por supuesto, la culpa no es de los ricos ni del capitalismo, como intenta hacernos creer el trasnochado comunismo, proponiendo la abolición de la propiedad privada y la colectivización de la riqueza como solución. Los verdaderos responsables de esta injusticia somos nosotros mismos al creer y aceptar el derecho a la herencia como una verdad absoluta e incuestionable. En otras palabras, aún no conseguimos superar los paradigmas que hemos heredado (nunca mejor dicho) sobre lo que es la familia, la vida y la muerte. Además, el hecho de que una ley regule el derecho a la herencia, no significa que sea justo. Las leyes no son justas simplemente por el hecho de ser leyes.

Por otro lado, tenemos que reconocer que la principal ambición humana es la de poseer riqueza, a pesar de todas esas expresiones románticas que se dicen con relación al dinero. Si frenáramos esta ambición detendríamos el desarrollo y el avance del mundo, porque nos guste o no, los pobres nunca han hecho avanzar al mundo (entiéndaseme esta última reflexión sin prejuicios). Por eso, es necesario que haya ricos y pobres, lo que garantizará el progreso y el futuro de la humanidad, y la justicia en la retribución del trabajo y el esfuerzo de cada uno.

Y aunque todas las luchas sociales que han existido a lo largo de la historia han sido siempre entre los que tienen y los que no tienen, es evidente que tanto unos como otros estaban luchando contra el enemigo equivocado, puesto que la culpa de los males no la tenía ni los propietarios del capital ni los pobres; la culpa la tenía, y la sigue teniendo, una errada institución creada por el ser humano y que se la conoce como derecho a la herencia.

La competencia por conseguir la máxima porción de esa limitada cantidad de riqueza que hay ahí fuera, hace que los mejores estén dispuestos a hacer lo que sea necesario, a costa de lo que sea. En ocasiones ese esfuerzo se ve recompensado y tenemos una cantidad de personas ricas que ciertamente merecen disfrutar del resultado de su trabajo. No obstante, al enfrentarse ante la encrucijada del final de su existencia, dejan todo su enorme patrimonio a sus herederos quienes acaban beneficiándose de un trabajo ajeno. Y mientras esto ocurre, el resto de la humanidad desciende a niveles de pobreza cada vez mayores.

Sin embargo, si la riqueza del mundo es limitada, entonces, el derecho de acumular riqueza no debe estar por encima del derecho a que el resto de la humanidad pueda vivir de forma digna. Por tanto la propiedad no puede ser un valor que prevalezca frente a la vida de los demás.

El derecho de propiedad trajo como consecuencia natural el derecho a la herencia, ambos convertidos en instituciones universales y los de más antigua existencia en la vida gregaria humana. Parece natural que uno de estos derechos engendre al otro, pero si los sometemos a un sencillo análisis, veremos la tremenda injusticia que significa esa interpretación porque es el principal causante de la injusta distribución de la riqueza, seguramente el mayor problema que quisieran resolver los políticos, los filósofos y los pensadores en general.

Si una de las bases de la evolución, del desarrollo y del progreso de la sociedad es que el esfuerzo y el trabajo que aporta cada uno no es igual en cantidad ni en calidad, entonces lo lógico es que el que más y mejor trabaja y se esfuerza, pues merezca más. Y esto, lleva de forma natural al legítimo derecho de la propiedad privada.

Es cierto que con la propiedad privada nació una sociedad humana más justa, donde cada uno recibía de acuerdo a su esfuerzo. Pero nada es perfecto, porque el hombre forma una familia y tiene hijos, por lo cual resulta natural que los hijos se hagan cargo de los bienes que conquistaron sus padres, y así nació el derecho a la herencia, que equivocadamente se considera justo y razonable. Pero hay una cosa que no se está teniendo en cuenta: el derecho a la herencia sería justo en una sociedad en la que cada uno se limitara a producir sin utilizar el trabajo de otros; por lo tanto, los bienes que dejaría a sus hijos serían los acumulados con su propio esfuerzo. No sucede así en la vida real, puesto que las empresas, para crear un producto o un servicio, requieren del concurso de uno o varios o muchos trabajadores asalariado, y el trabajo de estos últimos deja una plusvalía que se convierte en capital para el empresario mientras éste está vivo, pero a la vez se convierte en una injusticia al llegar su muerte porque deja a sus hijos no sólo el producto de su propio trabajo en vida, sino también el producido por el trabajo de sus empleados. 

Pero la injusticia de esta ley alcanza también a los supuestos beneficiarios. El derecho de herencia frena el desarrollo de los herederos; ya que éstos no tienen que esforzarse para mejorar su calidad de vida, difícilmente aprenderán el valor del trabajo y del esfuerzo. La riqueza heredada elimina la ambición en el heredero, luego, muchos hijos de ricos han acabado arruinados ya que jamás apreciaron ni conocieron el valor del dinero. En una sociedad donde esta ley fuera corregida (no abolida, sino mejorada), los hijos de los ricos aprenderían a crear su propia fortuna, valorarían el trabajo y la preparación intelectual, recibirían algo muy importante de sus padres: una buena educación y formación académica de primer nivel, lo cual les facilitaría el camino en la vida mejor que el propio dinero.

El mayor generador de injusticia que envuelve al mundo reside en ese torpe legado que nos ha dejado la tradición, que es el derecho a la herencia. Este antiquísimo derecho que está extendido por todo el mundo es el principal causante de las desigualdades e injusticias sociales y económicas que lastiman la vida humana porque impide que haya igualdad de oportunidades para que todos los individuos puedan sentirse realizados de acuerdo a su esfuerzo y aptitudes. Si acaso esa igualdad de oportunidades se consiguiera en el próximo siglo o algún día, tampoco desaparecerán los ricos y los pobres porque siempre habrá desigualdad entre los esforzados y los que no se esfuerzan, entre los que intentan prepararse intelectualmente y los que no intentan acumular más conocimientos. No obstante, todos nacerán con las mismas oportunidades de éxito, y dependerá del individuo el conseguirlo o no. Sólo entonces, la frase de Sartre de que el hombre nace libre, responsable y sin excusas sería una realidad.

La mayor manifestación de justicia será lograr una total igualdad de oportunidades para todos los hombres y mujeres del mundo. Esta meta tan ansiada sólo podrá darse cuando todos los individuos puedan iniciar sus vidas partiendo de un mismo nivel de oportunidades, arrancando todos desde la misma línea de salida, todos con la misma base económica. Y las únicas diferencias que se verán con toda justicia son las que nacen de las diferencias de aptitud y de esfuerzo llevado a cabo por el individuo en el transcurso de su vida. De esa manera será merecedor de la riqueza todo individuo que la haya ganado con su esfuerzo y capacidad, y será merecedor de la pobreza todo aquél que habiendo tenido igual oportunidad, la desperdició por pereza o abandono.

La sociedad de hoy en día está diseñada para las personas ricas. Los asalariados [empleados, funcionarios, militares… (que a su vez representan a la mayor parte de la población humana)] que trabajan en relación de dependencia o subordinación y en beneficio de otra persona [física o jurídica (la cual se apropia del producto de ese trabajo)], cuando después de una larga vida laboral logran acumular un pequeño patrimonio (una casa, un coche, unos ahorros…) se sienten felices al llegar sus últimos días de vida porque dejarán esos bienes a sus hijos. Pero lo que no saben estas personas es que ese acto tan instintivo y aparentemente tan razonable para cualquier padre, ha supuesto una de las mayores estafas (si no la mayor) de la humanidad, porque la plusvalía que generó su trabajo a lo largo de su vida laboral supera con creces el valor de los bienes que va a dejar en herencia, y que sus hijos no podrán recibir, pero que sí recibirán los hijos de los empresarios e inversores que “explotaron” su trabajo. ¿Es esto realmente justo? Pues yo creo que no.

En este punto, quisiera dejar muy claro que no soy una persona ligada a las ideas de la izquierda comunista ni soy un bolchevique que usa una careta progresista para difundir su ideología venida a menos. Mi ideología, si acaso conviene llamar así a lo que constituye mi identidad política, no está en absoluto emparentada con esos pensamientos de la izquierda radical que tanto daño han venido ocasionado en el mundo y en las últimas décadas. De hecho, alguna vez escribí un libro titulado “El dinero SÍ da la felicidad”. Y para que quede claro de qué pie cojeo o por si a alguien le interesa, en este post me defino políticamente como socialdemócrata liberal.

Mi crítica va dirigida específicamente a la manera en que hemos constituido el derecho de herencia y no al sistema ni al capitalismo. Además no soy el único que piensa que la herencia que dejan los ricos es perjudicial. Buscando información en Internet acerca de ricos que hayan decidido no dejar su riqueza en manos de sus herederos (por supuesto, obviando los casos de desavenencia), me crucé con los ejemplos de, precisamente, dos de los hombres más ricos del planeta: Bill Gates y Warren Buffett. Este hallazgo me tranquilizó, puesto que mi postura no es tan descabellada como aparenta ser.

Por un lado, Bill Gates asegura que a sus tres hijos sólo les dejará 10 millones de dólares. El resto de su riqueza la destinará a fines benéficos, donándola a actividades que mejoren la salud, la educación y las investigaciones científicas. “No creo que para mis hijos sea bueno empezar la vida teniendo mucho dinero”, dijo.

Por su parte, Warren Buffett, el inversor más exitoso del mundo, coincide con Bill Gates en que dejará a sus tres hijos una herencia limitada. Asegura que destinará el 99 % de su riqueza a fines benéficos, ya sea mientras viva o después de su muerte. “Dejaré a mis hijos suficiente dinero para que puedan hacer lo que sea. No obstante, no habrá mucho dinero, para que todavía tengan ganas de hacer algo”, argumentó en público una vez.

Entretanto el derecho a la herencia sigue permitiendo a algunos disfrutar el trabajo de sus padres, de sus abuelos, y de todas las generaciones que les precedieron, sin que los beneficiarios hayan hecho ningún esfuerzo; es decir, sin haberlo merecido. De esta manera se han ido acumulando, generación tras generación, las mas gigantescas fortunas, que no responden en absoluto a la capacidad real de los individuos ni tampoco al esfuerzo que han desarrollado para merecerlas. Y así se han ido creando esos titánicos grupos de poder económico cuyo único propósito es la acumulación de más y más riqueza, lo que les permite controlar a los gobiernos, a los medios de comunicación y a la economía mundial, con lo que controlan también el estilo de vida de los pueblos.

Y a pesar de que la soberanía reside en el pueblo (¡Jajaja!), es evidente que el pueblo cada vez tiene menos influencia a la hora del establecimiento de las leyes, y por el contrario son los poderes fácticos lo que van teniendo más poder en estos menesteres, y llegará el momento en que ya sea tarde para platearse esta reflexión, y en ese momento no habrá clase media, y la brecha entre los pobres (la inmensa mayoría) y los ricos (una minoría) será insalvable.

Cuando pienso en el fútbol me pregunto por qué la Liga Nacional de Fútbol Profesional es tan injusta. Año tras año los mejores equipos son cada vez mejores y más poderosos, y se aumenta la brecha entre estos equipos y el resto.

Me explico: el Real Madrid y el Fútbol Club Barcelona son los equipos que manejan un presupuesto anual más grande (mucho más grande que los demás), lo cual les permite fichar a los mejores jugadores internacionales, lo que hace que aumenten las probabilidades de ganar los torneos en los que compiten. Ganar competiciones implica importantes ingresos extras, lo que hace que estos dos equipos aumenten cada año su presupuesto, y así, entramos en una especie de círculo vicioso que hace que, como decíamos más arriba, año tras año los mejores equipos son cada vez más poderosos, y se incremente la grieta entre estos equipos y los demás.

Precisamente casos como el del Eibar, equipo de la Segunda División recientemente ascendido a la Primera División y cuyo presupuesto es menor al sueldo mensual de cualquier jugador promedio de la Primera División, en vez de evidenciar que el dinero no es lo importante, lo que realmente evidencia es que el hecho de que sea una excepción tan radical y tan reconocida, hace que mi tesis inicial sea axiomática, y por tanto, ni siquiera requiera una demostración. Pero lo que sucede en el fútbol es apenas una sombra minúscula en comparación a lo que ocurre en la sociedad. El derecho de herencia nos ha envuelto en un círculo vicioso mortal, arrinconando a la clase media a su pronta extinción, quitándole las posibilidades de ganar alguna competición, reduciendo su presupuesto cada año y sacándola de la liga.

Por tanto, podemos decir que el derecho de herencia es una institución social de aplicación universal pero que equivocadamente consideramos justa y razonable, y puesto que es uno de los legados que nos ha dejado la tradición, se hace difícil ponerla en cuestión. Sin embargo, esta ley ha permitido que generación tras generación se vayan acumulando las mas gigantescas fortunas, superando las posibilidades que pueda tener un individuo de disfrutarla en toda su vida, de esa manera el que tiene riqueza hereda riqueza, y el que tiene pobreza hereda pobreza.

Por supuesto, la crítica que hago al derecho de herencia está dirigida únicamente a la que dejan los ricos, por lo groseramente descomunales que resultan las cifras que reciben los herederos. Es decir, si los beneficiarios reciben únicamente una cantidad “justa” de herencia sería formidable. Las personas normales, en cambio, no dejaremos grandes fortunas a nuestros hijos, y ese tipo de “minúscula” herencia debería mantenerse. Por ejemplo, un “desgraciado” como yo podrá dejar algún día a su hija: un par de inmuebles; dos relojes Rolex Submariner cerámicos de acero y oro, uno con la esfera negra y el otro con la esfera azul (muy chulos, por cierto, sobre todo el negro); y unos cuanto miles de euros (o la moneda que para entonces tengamos en uso, posiblemente la nueva peseta). Desde luego, mi crítica no está referida a estas “mierdas” de herencias, sino a las millonarias.

Alguna vez Guy Kawasaki dijo: “Al final de nuestra vida, no somos más que un conjunto de elementos químicos valorados en unos 85 centavos. El legado que dejas no es el dinero que has acumulado, sino cuánto has sido capaz de mejorar el mundo.”

Lo paradójico de todo esto es que quizá, los críticos más vehementes y beligerantes con esta reflexión que estoy haciendo, sean personas que ni recibieron herencia significativa ni van a dejar herencia alguna a sus hijos. Seguro que los verdaderamente ricos se reirían de mí si me leyeran (aunque no lo harán porque tienen cosas más importantes que hacer). Es paradójico que aquellos que me van a criticar serían los beneficiarios de esta utópica reflexión. (¿He dicho utópica? ¿Por qué nos empeñamos en llamar utopía a lo que aún nadie ha intentado hacer?)

Trayendo a colación las palabras de Kawasaki, me pregunto ¿qué hemos hecho para mejorar el mundo? Si la solución es repensar en el derecho de herencia y llegar a un acuerdo universal al respecto, entonces ¿cómo lograríamos ese objetivo? Lógicamente, corregir el error al que nos ha llevado la tradición va a resultar complicado. ¿Quién se atreve a ponerle el cascabel al gato? Supongo que en todo caso, habría que desarrollar un proceso lento de transición que permitiera que los que ya estamos en este mundo sigamos inmersos en el error (respetando los derechos adquiridos), mientras que vamos preparando el terreno para las futuras generaciones que irán llegando y a las cuales no llegaremos a conocer. En este futuro hipotético, el dinero que los ricos no lleguen a dejar a sus hijos, pasará a ser del Estado, aunque esto nos obligará a limpiar el Estado de corruptos que lo roben. Y por supuesto, la nueva ley de derecho de propiedad no consistirá en quitarle la riqueza a los ricos y punto, sino que antes hay que consensuar cuánto se puede dejar en herencia, y cuánto debería “devolverse” a la sociedad, al Estado. Quedará, por tanto, un importante trabajo por desarrollar por los expertos. Sería un acierto que los economistas encontraran la fórmula que determine cuál es el justo patrimonio [teniendo en cuenta la contribución de quienes le permitieron acumularlo (los trabajadores y la sociedad que compra los productos y servicios que venden la empresas de los empresarios e inversores)] que una persona debería ceder en herencia a sus descendientes, mientras que el resto de dicho patrimonio debería ser “devuelto” a la sociedad, la cual le permitió ganarlo y acumularlo.

Pero… ¿quién va a querer hacer hoy un esfuerzo que jamás podrá ver recompensado a lo largo de su vida? Salvar a la humanidad requiere de sacrificios principistas, de sueños y acaso utopías. ¿Existe, por tanto, alguna solución real al enorme problema social que ha generado el derecho de herencia? Por supuesto que no. Es prácticamente imposible. Cabe, no obstante, la ínfima (inexistente, abstracta) posibilidad de llegar a un acuerdo global, una suerte de rebelión de la humanidad contra su propia tradición y sistema autodestructivo, una rebelión en favor de su propia supervivencia. Pero si el impacto no fuera mundial y simultáneo en todo el globo, sería hasta estúpido intentarlo. Quiero decir que si un país decide eliminar la ley de derecho de herencia, los ricos afectos a esa disposición llevarían su riqueza a otro país más permisivo. Sólo una decisión radical de todos los pueblos del mundo por terminar con el problema de derecho de herencia que ha ampliado la brecha entre generaciones ricos y pobres durante siglos, sería la solución. ¿Será este el debate y la lucha idealista de las futuras generaciones? Me temo que no viviremos para comprobarlo, y sin embargo, después de haber reflexionado y escrito sobre todo esto, y de saber que estas líneas serán recogidas por algún curioso y avispado lector, me embarga un inusual optimismo. A lo mejor, éste es el atrevido que tiene el cascabel en su poder.

O sea que…

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9 pensamientos en “¿Y quién se atreve a ponerle el cascabel al gato?

  1. Qué entrada más interesante.

    Hace algún tiempo, cuando presentabas tu novela “Si yo fuera presidente” aquí en el blog, dijiste lo siguiente: “igual que un carpintero todo lo quiere reparar con su martillo y un médico todo lo quiere solucionar con su estetoscopio, yo, todo lo quiero arreglar con un libro.”

    Eres un gran escritor. Pero -en mi humilde opinión- creo que deberías dejar de arreglar las cosas con libros para pasar a arreglarlas con las herramientas necesarias. Se te daría de miedo.

    Le gusta a 1 persona

    • Hola, Sonia:

      Supongo que si me felicitas es porque has leído el artículo completo. De manera que soy yo el que tiene que felicitarte a ti por tu paciencia, porque es bien largo.

      Gracias por haber pasado nuevamente vez por aquí.
      Manu

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  2. Qué buen artículo, Manu!! Lo dejé “aparcado”hace tiempo sin leer y hoy lo he recuperado. Pienso igual que tú ,sólo que yo no sé expresarlo con la misma claridad.
    Eres un magnífico escritor!

    Sonia

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      • Cuando algo me gusta puedo leerlo cien veces ,me embelesa tu forma de escribir y ojalá se llevara a la práctica muchas de tus teorías.
        El Derecho de Herencia ,aunque facilita el camino a muchos,deteriora muchas cabezas. Aunque heredar un “pellizquín “a todos no viene genial!!
        Te sigo leyendo,como siempre….
        Saludos!!
        Sonia

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