Si remamos sólo por un lado, inevitablemente giraremos en círculos viciosos

Te advierto de que este artículo es el más largo del mundo. Se lee en unos quince minutos.

Hace muchos meses que escribí este post, pero me salió muy largo y como además soy incapaz de quitarle ni una sola frase, he ido demorando el momento de subirlo a este blog. La buena noticia es que nuestra clase política no está por la labor de hacer que este texto se quede obsoleto, sino todo lo contrario: cada vez está más actualizado, y ahora más que nunca.

Si te atreves a leerlo entero, por favor, házmelo saber…

Resulta interesante la manera en que nos ha conducido la clase política hasta el día de hoy. Para comprobar los resultados de sus decisiones no hace falta tener un doctorado en economía o ser un filósofo reconocido. Basta con leer el periódico del día o simplemente con caminar por las calles para comprobar que España no es el país próspero del que no hace muchos años se pregonaba en el Congreso. Qué duda cabe: nos han mentido. Penosamente nos hemos tragado la mentira durante varios años hasta que los políticos no pudieron tapar más el Sol con un dedo, y el resultado de sus decisiones nos condujo a una angustiosa crisis financiera y social. Sin importar si el gobierno haya sido de izquierdas o de derechas, el resultado ha sido un rotundo fracaso. Son nuestros parlamentarios los que tienen el timón de nuestro país y obviamente son malísimos capitanes. Por tanto, muchos nos preguntamos si realmente funciona la democracia, si el actual sistema electoral es el mejor modelo para nosotros, si no hay otros caminos más inteligentes para hacer política sin llegar a fanatismos ideológicos.

Curiosamente, los tertulianos políticos afines a la bancada de la derecha, opinan siempre lo mismo en todos y cada uno de los asuntos; asimismo, aquellos que son afines a la izquierda, también están de acuerdo entre ellos en todas las cuestiones. Por otro lado, los tertulianos a favor del gobierno están de acuerdo con éste en todos los ámbitos; y para los que están en contra, el gobierno no hace más que equivocarse en todo.

Por supuesto, que pase esto con los contertulios políticos no tiene ninguna transcendencia. Ya nos tienen acostumbrados a estas muestras desmedidas de apasionamiento político. El verdadero problema es que este fenómeno también se da en la mayoría de la población; es decir: hay un pensamiento único entre la gente que se posiciona en la derecha, y otro pensamiento único y opuesto al anterior entre la gente de la izquierda.

Ser de la izquierda es, como ser de la derecha...Paradójicamente —y para colmo— a pesar de que las encuestas indican que una de las principales preocupaciones de los españoles es la clase política, los partidos más importantes cuentan con varios millones de votantes entusiastas y sumamente fieles, y siempre dispuestos a votarlos en unas elecciones improvisadas. Estas personas parecen no tener necesidad de leer el programa electoral, sus votos no dependen de las propuestas de los partidos sino de su afecto ideológico. La mayor parte de los incondicionales de los partidos de la derecha se retroalimentan siguiendo fervientemente a los medios de comunicación afines a su partido, reafirmándose así en su ortodoxia ideológica, en su ensimismamiento (yo prefiero llamarlo radicalismo ideológico); y los de la izquierda hacen lo propio dejándose influir por los medios de comunicación afines a ellos.

Sólo una pequeña parte de la población está realmente indignada con el sistema político actual. Este grupo suele no tener claro su voto y en unas hipotéticas elecciones imprevistas tendrían que reflexionar sobre la papeleta que depositarán en la urna.

En España, desde 1982, los dos partidos políticos que se han repartido el poder son el PSOE y el PP, la izquierda y la derecha, respectivamente; y mientras uno de ellos ha gobernado, el otro ha sido el principal partido de la oposición. Además, en la mayoría de las legislaturas, estos partidos han gobernado con mayoría absoluta. Aunque esta alternancia en el poder no ha sido pactada (como en 1885, cuando Cánovas y Sagasta acordaron el relevo pacífico en el gobierno entre el Partido Conservador y el Partido Liberal, para poner fin a un largo periodo de intervencionismo militar), parece que la sociedad española se ha acostumbrado a esta sucesión en el poder. Lo peor, sin embargo, no es que los dos grandes partidos se intercambien el gobierno de forma sucesiva, habiendo convertido la democracia en un «quítate tú que ahora me toca a mí», sino que cada vez que se produce la alternancia no es porque el principal partido de la oposición haya ofrecido una propuesta mejor que el partido gobernante. Es decir, no es gracias al éxito del que entra, sino por culpa del que sale y que ha acabado su mandato generando el hartazgo en los ciudadanos; por eso, la política española va de mal en peor en cada legislatura, lo que nos está llevando a contar cada vez con peores políticos.

Esto del bipartidismo alternativo también se da en otros países, pero lo que ocurra en otros lugares me la trae al pairo. A mí sólo me preocupa lo que ocurre en mi país, en España. Y en España echo de menos un partido socialdemócrata liberal. No me refiero a un partido de centro, sino a un partido transversal, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Es decir, un partido que aúne todo lo bueno de la socialdemocracia con todo lo bueno del liberalismo y, por ende, que deseche todo lo malo de ambas maneras de hacer política. En este caso, y a diferencia de como reza el dicho, la virtud no está en el término medio entre la derecha y la izquierda, o sea, no está en el centro desde el punto de vista político. La virtud está en el punto de equilibrio, que no es necesariamente el punto central, sino el punto donde se consiga un balance entre dos extremos que son malos: el uno es malo por exceso y el otro por defecto.

He realizado recientemente un pequeño estudio «sociológico» tomando como muestra a un grupo muy heterogéneo de personas de mi entorno cercano, que me ha llevado a la siguiente conclusión: la mayoría de la gente (de mi entorno cercano) sabe diferenciar claramente la ideología de un partido de derechas frente a la de uno de izquierdas; sin embargo, la gente (de mi entorno cercano) tiene un concepto muy ambiguo de un partido de centro, no tienen claro cuáles son las motivaciones ni los objetivos de los partidos de centro.

Generalmente, los partidos políticos están claramente posicionados en la izquierda o en la derecha, y los que se posicionan en el centro dan la impresión de que no se atreven a posicionarse claramente a un lado o a otro. Incluso ningún partido de centro declara que es de centro puramente, sino que prefieren denominarse de centro-izquierda o de centro-derecha, dando así algunas pistas acerca de su verdadera vocación política de la que parece que reniegan. De cualquier manera, a los partidos políticos, como a las personas, hay que juzgarlos por lo que hacen, no por lo que dicen y predican.

Cuando gobierna un partido de derechas, con sus predecibles políticas, queda insatisfecha una extensa parte de la población. Lo mismo ocurre cuando gobierna un partido de la izquierda, también con sus políticas previsibles, queda descontenta la otra parte. Sin embargo, el ciudadano promedio reconoce que la izquierda está más capacitada para gestionar ámbitos como la sanidad, las políticas sociales en general, el medio ambiente, los derechos de los ciudadanos y la igualdad de género. Por contra, considera que la derecha gestionaría con mayor eficacia la economía, el empleo, la seguridad ciudadana y la inmigración. Así lo indican las encuestas que se hicieron al respecto antes de las últimas elecciones generales.

En conclusión: el ciudadano libre de prejuicios ideológicos anhela un gobierno socialdemócrata en lo social y liberal en lo económico. Éste es el equilibrio del que venimos hablando. Y se quiera o no, o se sepa o no, la izquierda cuenta con una superioridad moral en las cuestiones sociales, y la derecha en las económicas.

Todo lo que venimos diciendo me lleva a reflexionar sobre lo que entendemos como «disciplina de partido» y las consecuencias que nos ha traído durante los últimos gobiernos.

En primer lugar, me gustaría partir de la premisa de que la disciplina de partido es anticonstitucional en virtud al art. 67.2 de la Constitución Española que prohíbe expresamente el mandato imperativo en los siguientes términos: «Los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo.».

Si no existiera la disciplina de partido; es decir, si los diputados no tuvieran que votar en la sede parlamentaria siguiendo las consignas que se aprueban en los órganos de dirección de sus respectivas formaciones y pudieran votar libremente, no habría tanta radicalidad y oportunismo en los parlamentos. Pero, como consecuencia de estos acuerdos previos que muchas veces son guiados por la tirria hacia el opositor, la envidia parlamentaria o la pasión militante, el parlamento termina convirtiéndose en un circo, en una eterna pelea de egos. Sin la disciplina de partido se alcanzaría el mencionado punto de equilibrio en casi todas las leyes y medidas tomadas por los parlamentos, ya que se impondría lo razonable sobre el fanatismo ideológico a la hora de decidir. Tampoco habría tanto descontento en la sociedad, independientemente de quien gobernara, porque siempre, o al menos casi siempre, aflorarían el sentido común y el interés de la mayoría, o sea, conseguiríamos que fuesen compatibles «lo bueno de la socialdemocracia» con «lo bueno del liberalismo», como mencioné anteriormente. Es posible —y conveniente— compatibilizar las bondades de la socialdemocracia con las del liberalismo. En cambio, con el actual funcionamiento de los partidos, los ciudadanos estamos sufriendo en los parlamentos el radicalismo tanto de la izquierda como de la derecha.

Por lo tanto, podemos aseverar que la clase política de nuestro país carece de sentido común a la hora de tomar sus decisiones. Harán lo que sus partidos les dictaminen sin preocuparse de las consecuencias (muchas veces funestas) de sus resoluciones. Pese a todo esto, se hacen llamar nuestros representantes. Pero no nos representan puesto que no los hemos elegido.

Lo que quiero decir es que en España no existe una verdadera democracia representativa, porque la soberanía no reside en el pueblo, sino en los partidos políticos. Es la oligarquía partitocrática la que elige a los distintos representantes y no nosotros, los votantes. (Sin embargo, en algunos países, los ciudadanos tienen el derecho de elegir a sus diputados, ya sea que estos pertenezcan o no al partido del gobierno, ¿os imagináis si esto ocurriera en nuestro país?) De aquí se sigue que los diputados no sean los verdaderos representantes del pueblo, sino que representan a sus respectivos partidos, anteponiendo, desde luego, los intereses de sus entidades políticas a los de los ciudadanos; y, por si esto fuera poco, los partidos —macabros titiriteros— también les impone el voto a sus diputados en los parlamentos, lo cual no sólo es anticonstitucional sino también una profunda degradación de la democracia.

Además, si todos los diputados de una misma formación política tienen que votar lo que establece el mandato del partido, entonces: ¿para qué necesitamos 350 parlamentarios en el Congreso de los Diputados y otros cientos en el resto de las comunidades autónomas? ¿No sería suficiente con que asistiera al parlamento el portavoz de cada partido, una vez ponderado el peso de su voto en función del resultado obtenido en las últimas elecciones? De esta manera, las ventajas, además del ahorro en sueldos y dietas y complementos y coches oficiales y pensiones vitalicias…, serían cuantiosas.

No obstante, si no existiera el pensamiento único impuesto por la disciplina de voto —lógica consecuencia de las listas cerradas de candidatos—, disponer de los 350 diputados en el Congreso que fija la Constitución, garantizaría una eficaz representación de los ciudadanos y un debate parlamentario plural. La única vía para solucionar esto es la necesaria y urgente reforma electoral, que los grandes partidos no están dispuestos a afrontar porque les favorece que la actual ley siga tal y como está, ya que así pueden seguir manteniendo el modelo de partido que existe en España.

Por definición —es decir, esto no es una opinión—, una persona que piensa libremente no puede tener un pensamiento único. Lo lógico es que cualquier persona de cualquier partido que no esté sometida a ninguna presión esté a favor de algunas ideas liberales y de otras socialdemócratas, o esté de acuerdo con opiniones conservadoras y con otras opiniones progresistas. Es muy sospechoso que dos personas opinen exactamente lo mismo en todos los asuntos. Es más, si dos personas opinan exactamente igual, entonces una de las dos personas sobra, y más cuando se trata de los diputados de un partido político.

Últimamente, los representantes de algunos partidos (con motivo de la polémica reforma del aborto y el controvertido debate en el Parlament de Catalunya sobre el traspaso de la competencia, del Congreso de los Diputados a la Generalitat, para convocar la consulta de autodeterminación), han señalado de forma expresa, que los diputados, en tanto que han sido elegidos directamente por el cabeza de lista del partido, deben respetar y acatar las decisiones programáticas que hayan definido los órganos de dirección de la formación y, por tanto, deben someterse a la disciplina de voto; y todo aquel diputado díscolo que te atreva a discrepar, deberá renunciar a su acta de diputado, y si no lo hace de forma voluntaria, entonces será expulsado del partido. ¿No les parece esto una barbarie sin sentido? ¿Una amenaza en contra de la libertad de pensar, opinar y protestar?

Los defensores de la disciplina de partido se escudan en que los diputados conocían el programa electoral de su formación cuando fueron elegidos (a dedo), por tanto, sabían a qué se atenían cuando aceptaron formar parte de la lista electoral. No obstante, el ciudadano promedio cree que aunque una propuesta determinada haya sido recogida en el programa electoral, una vez que ésta haya sido debatida en un parlamento, los diputados deberían tener la libertad de cambiar de opinión, ya que si tras un debate, los diputados tienen que seguir opinando como establece su partido, entonces el debate pierde todo sentido.

Por todo lo anterior podemos decir que los aparatos de los partidos, en pro de una seudodemocracia interna en sus propias formaciones, impiden el desarrollo de una democracia real en los parlamentos y para todos los ciudadanos. Esto hace que los partidos, y sobre todo los más grandes, cada vez se alejen más de la población, porque las férreas estructuras de las grandes formaciones no tienen en cuenta las opiniones de sus militantes ni simpatizantes ni de sus bases en general.

La disciplina de voto, además de provocar en los ciudadanos un evidente desapego por los políticos, es uno de los factores que desincentiva a muchos profesionales independientes altamente cualificados para entrar en política, por eso, la política actual atrae a tanta mediocridad andante y sonante.

Con todo, me pregunto: ¿por qué etiquetarnos como de derechas o izquierdas en pleno siglo XXI? ¿Qué dirán las generaciones posteriores si no aprendemos nada de los que nos antecedieron? ¿No se ha derramado ya demasiada sangre en el siglo anterior por culpa de estos fanatismos enmascarados con fines de altruismo? Tanto la derecha como la izquierda tienen un pasado oscuro en nuestro país y en el mundo. Todos sabemos los imperdonables abusos laborales a los que llegó la revolución industrial erigiendo la bandera del liberalismo y también conocemos de la enorme pobreza que existe en Cuba bajo un régimen socialista, ni qué decir de los grupos terroristas con las cuales se intentó establecer esta ideología en Sudamérica. ¿Por qué razón una región como Corea está dividida en dos? ¿Por qué aún existe guerra entre los habitantes del sur y del norte? ¿No es acaso una muestra inequívoca del error de pertenecer a una ideología concreta y no dar cabida a la razón? De algún modo tenemos el mismo problema en nuestro país, nuestros políticos libran una batalla sin tregua que nunca acabará, pues, no están dispuestos a reconocerle ningún mérito al rival.

Las personas a las que les han amputado el brazo izquierdo, o el derecho, o la pierna izquierda o la derecha, saben muy bien que la vida no es fácil cuando sólo se dispone de una de las dos extremidades. Y aunque este símil pareciera muy infantil, representa perfectamente la invalidez a la que se enfrenta la sociedad cuando «sufre» a un gobierno ya sea de izquierdas como de derechas.

Existe una competencia infantil entre los diferentes partidos, sobre todo entre los partidos de la izquierda frente a los de la derecha y viceversa. La actitud de cualquiera de ellos frente al otro es la de «dime qué propones, que te llevaré la contraria». Además, se ha impuesto la norma de que cada partido ataque sistemáticamente a los otros en general, pero en particular al gobierno y con mayor determinación. Y en este contexto, es difícil que la sociedad se sienta representada y satisfecha por ningún partido.

Esta lucha estéril entre la derecha y la izquierda, entre las dos Españas, es absurda e irracional. Tanto los unos necesitan a los otros, como los otros a los unos. Y de aquí se sigue que no hay dos partes sino una sola, formada por personas interrelacionadas. Sin embargo, vivimos continuamente con una fuerte inestabilidad social, que gracias a la madurez de la democracia española, no da el salto a mayores. Es una lástima, sin embargo, que la transición no haya producido una unificación.

Puedo entender la rivalidad que existe entre los seguidores del Real Madrid y del Fútbol Club Barcelona, porque ningún seguidor del Fútbol Club Barcelona querría que su equipo perdiera ante Real Madrid ni viceversa. Pero no logro entender la rivalidad que hay entre la gente de derechas y la gente de izquierdas, ya que ambos grupos persiguen los mismos objetivos: prosperidad y riqueza.

Es absurdo que dos personas estén dispuestas a pegarse por defender una cosa en contra de la otra, cuando las dos son posibles a la vez, compatibles e incluso beneficiosas cuando actúan juntas, de forma sinérgica. El máximo potencial de una sociedad se alcanza cuando existe un adecuado equilibrio entre ambas políticas: el liberalismo y la socialdemocracia, la libertad y la protección.

Para poder ser solidarios antes tenemos que generar riqueza. Y para generar riqueza tenemos que ser solidarios. Las políticas socialistas puras no son posibles por sí solas, como tampoco lo son las políticas liberales puras. El Estado de Bienestar no es posible sin las políticas económicas liberales, y el liberalismo económico no es posible si la sociedad no está protegida por el Estado de Bienestar. Por lo tanto, el Estado debe intervenir hasta el punto en el que el poder financiero no tenga ninguna influencia sobre la democracia. Ni más, ni menos.

España es el país de la Eurozona en el que hay una mayor desigualdad entre los ingresos de los que menos ganan y los que ganan más. Y esta brecha se está incrementando durante la crisis actual. Los trabajadores están trabajando más y cobrando lo mismo —en muchos casos inclusive cobrando menos—, mientras que los empresarios y los altos ejecutivos de las empresas siguen ganando cada vez más. Esta desigualdad impide el desarrollo óptimo de una clase media que cada día va menguando peligrosamente. Si se sigue ampliando la brecha entre ricos y pobres, crecerá también el resentimiento social y la violencia estará a la orden del día.

En una sociedad, las personas que más dinero tienen son los empresarios y los inversores. Imaginemos a un empresario que fabrica zapatos. Este empresario, en tanto que arriesga su patrimonio para fabricar zapatos, espera y merece obtener un rendimiento económico. El empresario, como es lógico, aspira de forma lícita y legítima a que ese rendimiento sea el mayor posible. Por otro lado está el inversor, es decir, esa persona que no quiere complicarse la vida montando una empresa, sino que prefiere poner su dinero a disposición de un tercero, de un empresario (en este caso en manos del fabricante de zapatos) para que éste lo rentabilice y, a cambio, el inversor obtiene un beneficio, también lícito y legítimo por el riesgo que asume poniendo en juego su dinero. Pues bien, el éxito del empresario y del inversor depende de que se vendan muchos zapatos. Pero los zapatos los compran los ciudadanos, y para que estos los compren es necesario que tengan suficiente dinero, el dinero que obtienen por su trabajo. Aparentemente, la gente de la izquierda cree que un gobierno de derechas favorece sólo a los que tienen una mayor renta-riqueza, y como dijimos antes, lo más ricos suelen ser los empresarios (y sus ejecutivos) y los inversores. Si las políticas económicas de un gobierno de derechas impiden la redistribución de la riqueza, es decir, si aumenta la brecha entre los que más tienen y los que menos, entonces, el fabricante de zapatos y el inversor, venderán menos zapatos. De aquí se deduce que las políticas de derechas realmente tampoco favorecen a los más tienen. Por otro lado, si un gobierno de izquierdas se centra en la protección y en la justicia social de los ciudadanos sin ocuparse también de favorecer el desarrollo económico, entonces no se generará la suficiente riqueza como para poder mantener el Estado de Bienestar. En otras palabras: lo conveniente sería que los empresarios y los inversores ganen más porque arriesgan su dinero, pero también es justo que las personas que trabajan en sus empresas gocen de mejores sueldos.

La lucha entre la derecha y la izquierda tiene que acabar. No vivimos en los tiempos en los que las ideologías movían a las masas. Hemos sobrevivido a esos tiempos de locura, aunque para muchos de nuestros políticos la guerra fría continúa. Ha llegado el momento de hacernos una autocrítica, de examinar la forma como hemos estado percibiendo la política y de comprender que hay más de dos caminos.

Nuestros políticos viven cada día más alejados de la población. El congreso, muchas veces, parece un reality show de entretenimiento sinsentido y, sin embargo, nuestro futuro está en sus manos. ¿Os acordáis de la discusión sobre la bandera? Algunos se han apropiado de la bandera rojigualda y los otros de la bandera tricolor. Ahora, la derecha critica a la izquierda por rehusar de la rojigualda. Estoy seguro de que si todos los españoles empezaran a defender la bandera rojigualda, entonces los de derecha criticarían a la izquierda por hacerlo. Desde luego, tanto los de un lado como los del otro están equivocados, puesto que tanto la monarquía como la república no son dos ideologías, sino dos maneras de organizar la jefatura del Estado. Muchos creen que la monarquía es propia de la derecha mientras que la república lo es de la izquierda; por tanto, que la bandera tricolor es uno de los símbolos de la izquierda mientras que, por ende, la bandera rojigualda es un emblema de la derecha.

Así es nuestra España de hoy, los diputados de un partido de la oposición, siguiendo las consignas de su formación política, votarían en contra de una propuesta tomada por el gobierno aunque se tratara de una medida con la que estuvieran de acuerdo (porque forma parte del ADN ideológico del partido opositor). Otro ejemplo claro se dio cuando el PP, en mayo de 2010, estando en la oposición, se opuso de forma virulenta contra la reforma del sistema público de pensiones que el gobierno del PSOE realizó fijando la edad de jubilación en los 67 años. Este estorbo del PP no era más que una exhibición demagógica basada en la promesa de que cuando el PP estuviera en el Gobierno subirían las pensiones y mantendrían los derechos de los pensionistas, lo cual, ha sido una de las tantas promesas incumplidas del PP respecto de su programa electoral.

Es necesario un partido socialdemócrata liberal que desarrolle nuevas formas de hacer política, que defienda las instituciones democráticas, que separe de una vez por todas los poderes públicos, que perfeccione la regulación de la economía para que el poder financiero no sea superior al poder del pueblo, y que desarrolle y proteja el Estado del Bienestar, sin detrimento de la competitividad económica.

En otras palabras: conviene buscar el verdadero equilibrio en la política. El capitalismo es un sistema que ha funcionado mejor que el socialismo en el aspecto económico, pero en lo que respecta a la solidaridad ha fracasado rotundamente. Como ejemplo de los excesos del capitalismo tenemos la crisis económica actual que sufrimos desde hace varios años producto de un modelo financiero de banca copiado en gran medida del modelo estadounidense.

Por otro lado, el comunismo es la utopía de los solidarios, pero sus políticas económicas de que todos merezcamos lo mismo es francamente injusto e irracional. ¿Merece tener el mismo galardón un estudiante aplicado y otro que decidió no asistir a clases durante gran parte del curso ni aprobó los exámenes? Desde luego que no: injusto, más bien, sería que el sistema premie a ambos. No se trata de que uno sea mejor persona que el otro, simplemente son distintos, por lo tanto, sus decisiones difieren. El socialismo no ha entendido esta diferencia porque cuando fue propuesto (en el siglo XIX) no había hippies ni rastafaris ni otros movimientos suburbanos o espirituales que los ideólogos socialistas jamás llegaron ni siquiera a imaginar. Para ellos sólo había burgueses y camaradas, clase dominante y clase dominada.

Ciertamente, hay personas que tienen la inteligencia y actitudes necesarias para desenvolverse mejor en la vida y poder ganar más dinero, en cambio otras personas no lo tienen tan fácil. Sin embargo, todos somos necesarios para que al final la suma resulte igual a cero. Los que ganan más dinero lo consiguen gracias a que la sociedad consume sus productos o servicios, por tanto, los que más ganan deberían estar muy agradecidos a la sociedad en general, y la forma más correcta de devolver a la sociedad lo que ésta les aporta es por medio de los impuestos que posteriormente se dedicarán a la protección de toda la población en general, y de los más necesitados en particular.

Un sistema liberal que considera que el sector privado es más productivo y eficiente que el público y que, por tanto, el Estado debe adelgazarse al máximo y permitir que el sector privado sea el encargado de la generación de riqueza, no es sostenible por sí solo, ya que de qué serviría que las empresas ofrezcan productos y servicios que no van a poder ser adquiridos por la mayoría, porque esta mayoría no va a disponer del dinero necesario ni suficiente porque el sistema liberal hace que haya una amplia masa de la población empobrecida.

Por otro lado, un sistema socialista que fomenta la igualdad social y económica, tampoco es sostenible, porque la iniciativa privada (mitigada por el estado socialista), responsable del desarrollo económico se vería agraviada.

Por eso, una combinación de ambas formas de hacer política (liberalismo y socialismo) sería la forma más acertada. No se puede avanzar remando sólo por el lado izquierdo, ni sólo por el lado derecho. Para avanzar hay que hacerlo remando por ambos lados y con la misma fuerza, si no, giraremos en círculos viciosos, como nos está pasando en estos momentos.

Así funciona España: gobierna la izquierda con mayoría absoluta, media España queda insatisfecha, gobierna la derecha con mayoría absoluta, media España queda insatisfecha; y vuelta a empezar.

Hay que acabar con el modelo de la izquierda versus la derecha, es decir, hay que acabar con el bipartidismo.

Imaginemos a una familia formada por la madre, el padre, una hija y un hijo. Supongamos que esa familia se ha organizado de tal manera que el líder del hogar sea uno de los progenitores de forma alternativa cada año; es decir: los años impares lidera la madre y los pares el padre, de tal manera que el líder sea quien tome las decisiones más importantes como: la dieta diaria, los horarios, el presupuesto familiar, la programación de televisión que se verá en casa, los destinos vacacionales… Imaginemos que cuando gobierna la mamá, la hija esté siempre satisfecha, el padre por sistema esté en contra, y el hijo esté indignado, se manifieste en contra de la madre y boicotee a la familia. Imaginemos ahora que cuando sea el padre el que gobierna, el hijo esté siempre satisfecho, la madre esté en contra por sistema, y la hija esté indignada, se manifieste en contra del padre y boicotee a la familia. Es fácil suponer que la convivencia en esta familia debe ser traumática, y nunca serán felices. Este sistema no funciona, porque siempre habrá una mitad de la familia en contra de la otra, y todos estarán siempre a la gresca. Es evidente que este sistema no funciona. ¿Acaso los dos progenitores no están capacitados para tomar las decisiones adecuadas? Un gobierno socialdemócrata liberal sería como si ambos progenitores lideraran en el hogar. Conseguirían que los hijos se sintieran más felices, confiados y seguros.

Obviamente, no podemos ni debemos aspirar, por absurdo e imposible, a tener una sociedad con una igualdad económica perfecta, en la que la brecha entre ricos y pobres no existiera. Es decir, no se trata de repartir la riqueza existente de forma equitativa entre todos los habitantes de la Tierra porque, igual que una cosa es grande cuando comparada con otra de tamaño menor, resulta que la primera tiene un tamaño mayor. Una persona es rica cuando comparada con otra que no lo es, resulta que la primera tiene mucho más patrimonio que la segunda. Es decir, existen las personas ricas porque hay otras que son lo contrario: pobres. Si todos tuviésemos la misma riqueza, el hecho de ser rico no tendría sentido, y el ser humano aspira a serlo (no nos engañemos). De cualquier manera, ésta sería una situación antinatural. Por eso existen personas ricas y personas pobres, aunque las pobres no deberían ser tantas ni lo deberían ser tanto. Y de esto sí se trata.

Si pudiéramos llegar al estado utópico en el que la riqueza estuviera repartida de forma equitativa, y si hubiera igualdad de oportunidades y de derechos, al cabo de pocos años el dinero volvería a las mismas manos en las que estaban antes del reparto, porque hay personas más preparadas que otras para amasar fortuna.

El libre mercado es el que permite que un empresario (o como ahora se ha puesto de moda: un emprendedor) tenga una idea para fabricar un nuevo producto o un nuevo servicio que, mediante transacciones voluntarias con el resto del mercado, beneficien a todos en el intercambio, es decir, satisfagan a los compradores y al vendedor. No obstante, esto produce un resultado: el producto o servicio adquirido por el mercado hace a su fabricante más rico que los demás. Es absurdo pensar que esta ruptura de la igualdad es injusta. La alternativa sería una economía estacionaria y, por tanto, condenada a frenar el progreso y el nivel de vida de los ciudadanos.

Lo que verdaderamente es injusto, es que la distribución de la renta-riqueza provenga de factores externos que alteran el proceso natural del mercado, sobre todo, de que las instituciones públicas concedan favores a unos grupos de interés que les permitan obtener ingresos extraordinarios a costa de los demás. Me refiero a regulaciones, aranceles o concesiones que benefician a personas, empresas o colectivos concretos a costa del resto de la población.

Y más injusto aún es que nuestro Estado, en vez de ayudar a las familias y a las pequeñas empresas, acuda a socorrer a las entidades financieras. Es una locura y una torpeza, además de una desvergüenza, rescatar a un banco, que son el adalid del liberalismo. Sin embargo, se nos ha repetido hasta convertirse en un mantra, que el Estado debe socorrer a las entidades financieras porque si no lo hace el sistema financiero se derrumbaría. Esto, evidentemente, es una falacia puesto que si un banco se hundiera, el resto de los bancos se fortalecerían. Igual que si en un barrio cierra una de las cuatro pizzerías que hay, las otras tres mejorarían porque se quedarían con el negocio que dejó la cuarta, y las tres que quedan empezarían a ser más metódicas y escrupulosas para que no les pase lo mismo que a la cuarta. Además, si los Estados siguen socorriendo a las entidades financieras, éstas van a seguir sin ser más cuidadosas a la hora de elegir a sus gestores, puesto que hasta ahora, si los gestores de una entidad la arruinan, entonces el papá Estado la socorre, aunque mientras obtenían beneficios se los repartían los gestores y los accionistas. Si un equipo de gestores arruina un banco, entonces éste debe cerrar y sus gestores deberán rendirles cuentas a los accionistas y a los clientes.

Yo quiero un Estado que haga posible la igualdad de oportunidades, que fomente y premie el talento y el trabajo; de esta manera, el éxito económico de los ciudadanos no dependerá del estatus financiero de la familia en la que han nacido. No obstante, siempre habrá desigualdades en la sociedad, lo cual en el fondo es natural, pero el Estado deberá vigilar y cuidar de que los más capaces no se aprovechen de la indefensión de los menos capaces.

La genoeconomía, una moderna rama de la ciencia económica que estudia las relaciones entre la economía y la genética, realiza interesantes aportaciones. Por ejemplo, los padres y los hijos tienen los mismos genes, lo que puede llevar a una persistencia en las diferencias de renta incluso en un mundo con igualdad de oportunidades.

Las políticas redistributivas del socialismo puro sufren de tres defectos básicos: primero, no logran conseguir sus objetivos; segundo, son ineficientes porque castigan a los individuos más productivos, y tercero, son injustas porque los ingresos de éstos proceden de transacciones voluntarias. En este entorno, el Estado debería concentrarse en ayudar directamente a los pobres, en mejorar el funcionamiento del mercado educativo para satisfacer la demanda de un factor trabajo cualificado y en eliminar la panoplia de intervenciones que sólo favorecen a minorías poderosas en perjuicio del bienestar de la mayoría.

La desigualdad de los resultados económicos ni es un mal en sí misma ni una fuente de ineficiencia. No todos los individuos tienen la misma inteligencia, las mismas preferencias, la misma capacidad de producir. Por lo tanto, la desigual distribución de la renta-riqueza es inevitable y positiva porque genera estímulos necesarios para crear sociedades y economías dinámicas e innovadoras. Sin duda esta conclusión es provocadora y políticamente incorrecta pero las cosas son así y la búsqueda de la igualdad a través del aparato coercitivo del Estado carece de fundamento tanto desde un punto de vista moral como económico.

El Estado debe ser lo suficientemente intervencionista como para velar por los intereses de lo más pobres, porque si se deja a los ciudadanos que actúen con total libertad e impunidad, sin duda, habrá abusos que serán directamente proporcionales al poder económico del que abusa.

No perdamos de vista que la gente a la que le va bien, es gracias a que vive en una sociedad que compra sus productos o contrata sus servicios; por eso, que aquellos a los que les va bien paguen más impuestos no es más que una forma justa de devolver a la sociedad lo que ésta les ofrece.

Hay una frase de Henry Ford que reza así: «Hay una regla para el empresario y es: hacer los productos con la mayor calidad posible al menor coste y pagando unos sueldos lo más altos posibles.» Es habitual que los empresarios intenten reducir los gastos de producción reduciendo los gastos de la mano de obra, lo cual es una torpeza, porque estamos generando una sociedad pobre e incapaz de comprar los bienes y servicios que producen las empresas. Un Estado debe ser lo suficientemente intervencionista como para velar por los intereses de los trabajadores, para que los empresarios no se aprovechen del poder que ostentan.

Por otro lado, el Estado no debería amenazar al sector privado con apropiarse de sus empresas mediante políticas intervencionistas en pro de las temidas nacionalizaciones. Este tipo de intervenciones ahuyentaría la inversión privada nacional e internacional y ahondaría el problema de nuestra frágil economía.

Y por supuesto, el Estado tampoco debe privatizar los servicios sociales, porque las empresas privadas, lógicamente, van a buscar su rentabilidad económica, lo que en muchas ocasiones les llevará a sacrificar una eficaz prestación de los servicios. El Estado debe garantizar que los ciudadanos que no pueden pagarse una serie de servicios esenciales como la sanidad, la educación, la vivienda… tengan la posibilidad de acceder a ellos en las mismas condiciones que aquellos que sí se los pueden pagar, así el sistema sería justo, será “rentable” socialmente, aunque no lo sea económicamente. Tampoco se trata de derrochar y que el sistema genere pérdidas, sólo que no es necesario que se obtengan beneficios económicos.

Existen grupos radicales y anarquistas que plantean terminar con el actual sistema político y económico e instituir un estado sin ley. Ese ideal anárquico no es mejor que el sistema actual. Ciertamente, no es un buen momento para aletargarnos sabiendo la manera en que nuestros políticos nos están conduciendo, pero la anarquía no es la solución. Ha llegado el momento de hacer grandes cambios en nuestra sociedad. Nos urge un cambio. ¿Ha fallado el actual sistema democrático? Desde luego que sí. No hay peor ciego que aquél que no quiera ver. La derecha y la izquierda han fracasado en su intento de crear una sociedad más plural y próspera; sus representantes han huido cada vez más lejos de lo que es razonable y justo para los españoles. Sus ideologías los han llevado a vivir de ideas y no de realidades. Pero el mundo real es más complejo y basto que las ideas de unos cuantos individuos y sus interpretaciones de la sociedad.

Busquemos, pues, el equilibrio. Yo soy socialdemócrata liberal. He escogido este camino hace algunos años, después de reflexionar mucho sobre estos y otros asuntos y percatarme de que hay más de dos opciones, que no tengo por qué ir por la derecha o por la izquierda si busco caminar de frente y hacia arriba. No soy de derechas pero creo en el libre mercado, tampoco soy de izquierda pero soy solidario. Ciertamente detesto las etiquetas; pero si tengo que usar una será la de socialdemócrata liberal. Afortunadamente no soy el único, sé que muchas personas y en especial muchos jóvenes se han dado cuenta de los absurdos y los excesos a los que nos han llevado las ideologías de derechas y de izquierdas. Nuestro país sufre por consecuencia de los rencores y triquiñuelas de un pequeño grupo que se reúne cada día en el Congreso de los Diputados. Creo que nuestro país tiene necesidades particulares que requieren de acción inmediata por parte de los políticos, pero también estoy completamente seguro de que éstos no las atenderán ya que están enfrascados en su lucha ideológica y trasnochada que aparentemente no tiene un final cercano. Me gustaría ser más optimista, sería fantástico terminar este artículo asegurando que vienen mejores tiempos para España. No obstante, no vendrán mientras dejemos que nuestra política siga su curso inmoral. Lo que se avecina, por tanto, es más de lo mismo. Es triste, pero es nuestra suerte, nuestra mala suerte. Menos mal que no soy supersticioso y confío en que seremos los protagonistas del cambio, que llegará el momento en el que por fin triunfará la razón y la ecuanimidad en nuestra política.

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8 pensamientos en “Si remamos sólo por un lado, inevitablemente giraremos en círculos viciosos

  1. Hola manu me a gustado mucho realmente es lo que habría que conseguir. Aunque la verdad lo veo un poco complicado. Pero es la vez que mas identificada me encuentro leyendo un articulo sobre política.

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  2. Hola querido amigo. Después de tu “orgasmo” político 😉 quisiera hacer mi aportación.
    Está claro que las inquietudes plasmadas en este artículo es lo que muchos pensamos. Los partidos políticos viven dentro de su propio recinto amurallado ajeno a lo que pasa en la vida real. Esto es una evidencia muy clara. Las prebendas siguen ahí, los intereses de los políticos campan libremente y los recortes…eso no saben lo que es.
    Juntar lo bueno de cada ideología política es la ecuación perfecta. Es problema de la ecuación son los números, las personas, que somos seres tan imperfectos.
    Uno de los problemas a la hora de enfocar lo que nos ocurre es no reconocer que los errores vienen desde todos los niveles. Y si bien el político es la cabeza visible también la sociedad ha de cargar con su mea culpa.
    España es el país más solidario del mundo. Somos los primeros en donación de órganos y de sangre. Tenemos una sanidad que, con sus defectos, es la envidia de muchas sociedas.
    Sin embargo, en nuestra propia virtud está nuestro defecto. Somo un país solidario y, por ello, muy inmovilista. Existe una gran pequeña parte de la sociedad que se conforma con poco, con lo que le de el Estado y eso genera una sociedad poco productiva. Hubo un presidente americano que definió el socialismo como ese régimen donde se subvenciona al que se para y se fiscaliza al que se mueve.
    Hay una parte de la sociedad más desfavorecida que no se puede desamparar pero nunca se debe incentivar el inmovilismo porque eso genera también desigualdades porque el Estado necesita una sociedad relativamente ambiciosa.
    Dicho esto, me extraña mucho que habiendo definido tu sociedad ideal te agarres a Podemos. Un partido que,en muchas cosas, choca directamente con los cambios que dices. . Que la sociedad necesite un cambio no quiere decir que necesite un cambio a cualquier cosa. Recuerdo que una de las últimas manifestaciones de Pablo Iglesias es la de “nacionalizar” la información. Te imaginas una sociedad como la nuestra atada únicamente al sesgo de lo que nos quiera transmitir el Estado? Te imaginas un Estado que impida la libre información? Te imaginas un Estado en donde no haya columnas de opinión o, si las hay, tenga que pasar por el filtro de quién manda? Yo no me lo imagino porque si fuera así no se parecería en nada a un país libre.
    Además de esto, toda su política económica choca frontalmente con el liberalismo económico que expresas. Podemos quiere que el Estado controle la economía. Pretende crear impuestos de lujo que, evidentemente, afectará al consumo y creará verdaderas desigualdades entre la sociedad porque entonces tener ciertas cosas si va a estar reservado a “la élite” por la carga impositiva.
    Igualmente, carga contra la regulación de entrada de inmigrantes con la llegada masiva de extranjeros de muy poca culificacion creando guetos e inseguridad. Este tema es grave.
    Y por último, y para no extenderme más que es tarde y mañana me levanto a las 6;35 para trabajar, decir que si sostenemos a la sociedad desfavorecida o a toda la sociedad con una paga por el simple hecho de serla…para qué me levanto yo mañana a las 6.35?
    Que uno este falto de amor no quiere decir que se enamore de la primera que se cruce por la calle. Políticamente hablando claro.
    Un saludo.
    Elburroblanco.

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    • Hola, querido amigo.

      Te agradezco que hayas leído mi artículo (tan largo) y me hayas correspondido con un comentario (largo).

      Estoy de acuerdo contigo en casi todo, y como casi siempre. No obstante, en cuanto a PODEMOS, esto es lo que opino (te remito a una reflexión de hace unos cuantos días. Esta vez es breve): http://goo.gl/cbpI7N.

      Y en cuanto a los medios de comunicación… no exageres, Pablo Iglesias no ha dicho exactamente que “nacionalizaría” la información.

      El “diagnóstico de la enfermedad” que hace PODEMOS es perfecto, sin duda; y las medidas en el ámbito económico que propone para curar dicha enfermedad, en general no son las que a mí me gustan, no las comparto todas. De cualquier manera, PODEMOS no va a gobernar en la próxima legislatura, pero sí va a incomodar lo suficiente al resto de los partidos y a sus políticos, para que dejen de sentirse un grupo privilegiado que está por encima del resto de la ciudadanía, y para que dejen de pensar que el partido es un fin en sí mismo, olvidándose de que un partido político es una herramienta para hacer políticas en favor de los ciudadanos. Sin embargo, para los partidos somos meros clientes.

      Yo apoyaré a PODEMOS para que cambie las reglas de juego. Y ahora te remito a la novela “Si yo fuera presidente”, que no me la has pedido, y en la que en 2013 profeticé un cambio radical en la política de nuestro país, aunque no de la mano de un nuevo partido como PODEMOS, sino por parte de la sociedad civil.

      Un abrazo.
      Manu

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      • Articulo muy clarificador. Has plasmado lo que creo q la mayoria pensamos. Entender la politica de una forma racional y sin perder de vista el objetivo: el bienestar social.
        Pero por desgracia me parece una utopia. La condicion humana lo corrompe todo.
        Un saludo

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