¿Te imaginas un partido político sin ánimo de lucro?

Siempre he pensado que la mayoría de los políticos se comportan como si el partido al que pertenecen fuera un fin en sí mismo, y se olvidan de que el partido no es más que una herramienta para hacer políticas en favor de los ciudadanos.

La mayoría de los políticos no entienden las necesidades del pueblo porque desde que se profesionalizan dentro de sus partidos dejan de formar parte del pueblo.

Y para colmo, desde que en las pasadas elecciones europeas la formación PODEMOS diera tamaña sorpresa consiguiendo cinco escaños y convirtiéndose de repente en la cuarta fuerza política de nuestro país, se ha agravado aún más la situación: ha quedado patente que para la mayoría de los políticos pertenecientes a los partidos tradicionales somos unos simples clientes, y por ende, los partidos son unas meras empresas.

Las empresas mercadean con productos y servicios, y los partidos lo hacen con los votos; por eso, para los partidos, los estudios demoscópicos no son más que estudios de mercado que les ayuda a prever el número de votos (de clientes) que van a conseguir en las próximas elecciones.

Repito: para los partidos somos clientes. Somos simplemente una fuente de financiación: cuantos más votos obtiene un partido (cuanta más representación parlamentaria logra), más dinero consigue.

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Voto por un presidente que haya sido pequeño empresario

Siempre he defendido que cualquier autónomo o pequeño empresario con más de diez años de bagaje, salvo excepciones, tiene la experiencia, las habilidades y los conocimientos necesarios y suficientes como para gobernar nuestro país con grandes garantías de éxito.

La gestión que un pequeño empresario desarrolla sobre su pequeña empresa se puede comparar con la gestión que un político, por ejemplo un alcalde, desempeña sobre su localidad.

  • El pequeño empresario tiene clientes; el alcalde tiene ciudadanos.
  • El pequeño empresario ofrece productos o servicios; el alcalde ofrece servicios sociales.
  • El pequeño empresario cobra un justo precio a sus clientes a cambio de los productos y servicios que ofrece; el político cobra impuestos a sus ciudadanos a cambio de los servicios sociales que proporciona.
  • El pequeño empresario tiene que hacer virguerías cada día para mantener a sus clientes actuales, y cuando alguno de ellos queda insatisfecho, se va con la competencia y no vuelve jamás; el alcalde tiene una clientela cautiva, es decir, el ciudadano, tanto si quiere como si no, tanto si está satisfecho como si no, tendrá que seguir pagando sus impuestos, de otra manera le embargarían sus bienes.
  • El pequeño empresario cada año hace el presupuesto para el año siguiente, en otras palabras, hace una previsión de cuánto va a ingresar, de cuánto va a gastar, y por tanto, de cuánto va a ganar; el alcalde también hace cada año el presupuesto del año siguiente, es decir, prevé cuánto va a ingresar en concepto de impuestos, cuánto va a gastar en servicios, y por tanto, cuánto va a ser el superávit (si sobra dinero), o el déficit (si gasta más de lo que ingresa).
  • El pequeño empresario, cuando no le salen las cuentas, es decir, cuando el presupuesto que planeó se le complica porque ingresa menos de lo previsto o gasta más de lo planeado o el margen es menor del deseado, se ve obligado a hacer virguerías para aumentar su clientela o para lograr que sus clientes actuales le compren más productos o servicios; el político, cuando no le salen las cuentas, se inventa un nuevo impuesto o sube los que ya existen o se endeuda a sabiendas de que será el próximo alcalde el que tendrá que bregar con esa deuda.

Evidentemente, todo esto es una prueba inequívoca de que cualquiera puede ser alcalde, o presidente de diputación, o presidente de comunidad autónoma, o presidente de gobierno. Subo los impuestos y punto.