Sal de mi cabeza y entra en mi vida…

Hace muy poco tiempo que utilizo Twitter. Nunca me sentí tentado a averiguar de qué se trataba. Sin embargo, hace sólo dos meses un amigo me recomendó que me abriera una cuenta. Le puse muchas objeciones, pero afortunadamente me convenció. Hoy puedo decir que me encanta Twitter. Twitter me ha ofrecido y me sigue ofreciendo muchas satisfacciones. Pero sobre todo, me ha permitido conocer gente maravillosa que de otra manera “a lo peor” jamás hubiera conocido.

Ahora mismo soy incapaz de definir qué es Twitter. Una definición debe ser una declaración que exprese las propiedades del concepto que se quiere definir. Además, una definición debe ser concisa, clara y con significado de autoridad.

He leído muchas de las innumerables definiciones que se han hecho de Twitter. Pero… o bien no me parecen claras o bien carecen de un significado de autoridad, por no ser exhaustivas, bajo mi punto de vista. Por eso, cuando alguien me pregunta que por qué me gusta tanto Twitter, le contesto que “me gusta tanto porque independientemente de lo que busque una persona, lo podrá encontrar en Twitter; por supuesto, si lo usa de forma adecuada y según lo que busque”.

¿Y qué es lo que busco yo en Twitter?

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Consejo romántico de Matías nº 3 – ¡Sorpresa!

Hola de nuevo, soy Matías Montero. Como sabes, soy el protagonista masculino de la novela “Rendirse al amor”. Manu Moreno es mi creador, pero vosotros me dais vida porque me leéis. ¡Gracias!

Esta vez os contaré un breve relato…

Como cada viernes por la tarde a eso de las 19,30h, Miguel llegó a casa paseando,
porque la oficina quedaba sólo a cinco minutos del apartamento dónde vive con
Elizabeth, su mujer. Pero como casi nunca, Elizabeth no estaba en casa.

Encima del aparador donde Miguel siempre pone las llaves al llegar a casa, había una
nota escrita con la letra de Elizabeth, en la cual se leía: “Estoy en la farmacia del centro
comercial. Por favor, ven rápido, cariño”.

Lógicamente, la primera reacción de Miguel fue pensar: “¿Qué habrá pasado?, ¿estará
enferma?” Y sin pensárselo dos veces, agarró nuevamente el llavero y la llave de su
todo terreno y salió despavorido hacia el centro comercial. ¿Qué otra cosa podía hacer
si no era seguir las instrucciones de Elizabeth?

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¿Qué vale más el collar o el perro?

Aprovechando este cabreo que tengo, he decidió no esperar más y pasar a la acción. Y ahora quiero compartir contigo mi aventura de esta mañana…

Supongo que todos hemos tenido alguna vez, o mejor dicho: muchas veces, algún problema con nuestra compañía de telecomunicaciones: telefonía móvil, fija, de Internet, de televisión por cable… Ya sean facturas incorrectas, cambio unilateral de las condiciones del contrato (principalmente tarifas), o activación de algún servicio no solicitado (slamming), resistencia a la hora de darnos de baja, complicaciones en la portabilidad, publicidad engañosa, letra tan pequeña que no se ve por ninguna parte, clausulas abusivas, promoción mal aplicada, un servicio que no funciona o que funciona mal, y un etcétera con el que no pretendo descansar de pensar, sino evitar que te enrabietes como lo estoy yo en este momento.

La práctica habitual ante una situación como ésta es la de abdicar de nuestros derechos, encendernos durante unos minutos, contárselo a nuestros amigos y escuchar la tan manida frase de: “pues eso es lo que hay y no podemos hacer nada, porque si te metes en pleitos te va a costar más caro el collar que el perro”.

No sé tú, pero a mí me jode mucho el hecho de que estas empresas se aprovechen precisamente de que los collares de los perros sean tan caros. Y lo peor de todo es que cuando me miro en el espejo, además de que no me gusta lo que veo, se me pone una cara de tonto que no me aguanto…

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¿Te imaginas que la vida tuviera una fecha de caducidad definida?

Hace tan sólo unos días, en el gimnasio, mientras yo estaba haciendo dominadas con una mancuerna de 20 kilos entre mis piernas para sumarlo a mi propio peso corporal, y así dificultar la ejecución del ejercicio, sorprendí a dos chavales jóvenes de unos veintipocos años, diciéndole el uno al otro, y refiriéndose a mí: “mira el pureta ése lo fuerte que está”. Obviamente, la parte de “lo fuerte que está” se vio lamentablemente eclipsada por lo de “el pureta ése”.

He de reconocer que me sentí mal. Incluso en cuanto llegué a mi casa me afeité la perilla con el objeto de aparentar tener menos edad. Realmente logré restarle a mi apariencia varios años. Sin embargo, cuando me miraba al espejo no me hallaba en mí mismo. De manera que no merecía la pena aparentar ser más joven y vivir en mi propia casa con un extraño; por eso, nuevamente llevo estos característicos vellos alrededor de mi boca…

Afortunadamente, a lo largo del tiempo he adquirido la habilidad de contarme a mí mismo aquello que necesito escuchar cuando me siento mal. Y cuando soy consciente de que ya no tengo veinte años, me digo lo siguiente: una de las cosas buenas de la vida es que no sabemos hasta cuándo vamos a vivir. Por eso, todo el mundo goza de todo el tiempo disponible hasta que muera, y al ser este tiempo indeterminado, nos permite vivir sin agobios y sin temor a la llegada puntual de la muerte.

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Consejo romántico de Matías nº 2 – Todos podemos escribir un libro sobre el amor

Hola de nuevo, soy Matías Montero. Como sabes, soy el protagonista masculino de la novela “Rendirse al amor”. Manu Moreno es mi creador, pero vosotros me dais vida porque me leéis. ¡Gracias!

Permitidme que os cuente una breve historia, que bien podría ser real.

Un matrimonio está a punto de meterse en la cama. Ella se llama Elizabeth y él se llama Miguel. Elizabeth está cerca de cumplir los cincuenta años, mientras que Miguel tiene cincuenta y tres. Como cada noche, ella se está untando sus cremas en la cara. Y cuando por fin acaba, se para frente al espejo, se mira de arriba abajo.

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Tópicos sobre los escritores. Hoy me desmeleno, a pesar de que llevo el pelo al 0,5…

Para escribir este post les he pedido a algunos amigos escritores que me dijeran tres tópicos cada uno, de esos que se suelen decir por ahí sobre los escritores. He destacado los más repetidos. Y me he dado cuenta de que me diferencio del escritor convencional, precisamente en esos tópicos.

Diferencias entre un escritor cualquiera y yo, que soy escritor negro:

  • Los escritores leen mucho. Yo no, porque mientras leo no puedo escribir, y yo cobro por palabras, escribo a destajo. El término “a destajo” me encanta. Me crié escuchándoselo a mí padre cada día. Mi padre lleva casi veinte años jubilado, pero antes era un obrero de la construcción y trabajaba a destajo; es decir, tanto hacía, tanto cobraba. Por eso, trabajaba sin descanso y más horas de la cuenta, con el objeto de ganar más dinero cada día. Paradójicamente, a diferencia de lo que suele ser habitual, a mí no me gusta leer. De hecho me temo que he leído menos libros de los que he escrito. Aclaración: he escrito 106. Actualmente estoy corrigiendo el 107 y escribiendo los números 108 y 109. No suelo hacer público que no me gusta leer, porque mucha gente cree que si no lees mucho entonces no puedes escribir. Por esto, en mi página y en mi perfil de Facebook creo que pone que “me encanta leer”. No es políticamente correcto decir lo contrario. Si lees mucho, al final, sin quererlo y sin saberlo, acabarás contando las historias que otro han contado antes. Supongo que por esto algunos dicen que tengo un estilo muy personal a la hora de escribir. Yo pienso que ni siquiera tengo estilo… ¿Estilo? ¿Qué carajo es el estilo?

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¿Qué no se debe juzgar a la gente…?

No hay un solo día en el que no escuche a alguien decir (o decirme) algo del estilo de “no se debe juzgar a las personas sin conocerlas”.

¿Qué no se debe juzgar a una persona sin conocerla previamente? ¿Acaso se llega alguna vez a conocer a alguien?

Juzgar es inherente a la condición humana. Es inevitable juzgar. Juzgar no es más que emitir un juicio a partir de la información con la que se cuenta en cada momento, aunque esta información sea escasa al principio de conocer a alguien.

Gracias al juicio que emitimos sobre la gente nos pasamos de una acera a la otra cuando tenemos sospechas de que la persona que se acerca a nosotros “parece” peligrosa. Y esto es lícito y legítimo.
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