Como en todos los cuentos, en éste también había una vez…

Cari, ya no sé qué más tiene que pasar para que la gente reaccioneHace mucho tiempo leí un cuento del Infante don Juan Manuel Conde Lucanor que en estos momentos en los que pretendo aunar las voluntades de mucha gente, me viene a la memoria. Por eso, me quiero atrever a compartirlo contigo. Ojalá encuentres en este cuento la fuerza necesaria y suficiente para torcer el rumbo de lo que nos acontece.

Si lo lees con ganas, te darás cuenta de que en esta historia tú ERES LA PERSONA MÁS IMPORTANTE.

Y éste es el cuento:

Como en todos los cuentos, en éste también había una vez, pero esta vez lo que había era un rey. Era el soberano de un pequeño país que se dedicaba a la producción de vino. En total eran unas veinte mil familias consagradas a sus pequeños viñedos. Con la exportación de sus caldos a otros países, estas veinte mil familias ganaban el dinero necesario y suficiente para vivir de forma cómoda y pagar sus impuestos.

El monarca era un buen hombre, era honesto, justo y austero. Por eso, su principal objetivo era recaudar el mínimo posible de impuestos. No obstante, a pesar de su mentalidad liberal, también era un consumado socialdemócrata. Para este monarca, el sistema político ideal se lograba aunando lo mejor del liberalismo con lo mejor de la socialdemocracia. Por eso, para que la sanidad, la educación, la justicia y todos los servicios sociales a los que los ciudadanos tenían derecho, fueran públicos y gratuitos, el soberano se veía obligado a recaudar, de alguna manera, el dinero necesario para mantener el estado.

Y un día se le ocurrió una genial idea. Unas de esas ideas geniales que les surgen a esos políticos que siempre persiguen el bien de la comunidad. Se le ocurrió eliminar los impuestos. Y para ello, mandó fabricar un tonel de veinte mil litros en la parte trasera del palacio, para que cada año, el día de la fiesta del país, cada una de las veinte mil familias vertiera en el tonel gigante un litro del mejor vino de su cosecha. De manera que, con la exportación de esos veinte mil litros de vino resultantes se obtendría el dinero necesario y suficiente para cubrir el presupuesto del estado.

Cuando la noticia se conoció en todo el pequeño país, la alegría de la gente no se hizo esperar. Todos los habitantes enaltecían a su monarca y estaban muy orgullosos de él.

Y por fin llegó el gran día de la ofrenda. Nadie faltó a la cita. La fiesta comenzó a las doce del medio día, y en pocas horas todas las familias, una por una, habían volcado su litro de vino en el magno tonel.

El rey, con una copa en su mano y con todo el pueblo de testigo, agradeció la lealtad de los ciudadanos y su plena participación en el evento. El monarca cogió su copa, subió la larga escalera hasta el borde del enorme tonel real, y la introdujo para llenarla de la mezcla de aquellos veinte mil ricos caldos. Todos los habitantes aplaudían y aclamaban a su monarca. Y cuando éste levantó su copa para brindar por su pueblo, se quedó pasmado cuando se dio cuenta de que el líquido de su copa era incoloro y transparente. Se lo acercó para olerlo y comprobó que era inodoro. Le dio un pequeño sorbo y también resultó ser insípido.

Sin pensárselo dos veces, derramó la copa en el suelo y la introdujo de nuevo en el gigante tonel, pero el vino seguía siendo trasparente, sin color, sin olor y carente de sabor.

El tonel de veinte mil litros estaba aparentemente, y de forma misteriosa, lleno de agua.

¿Acaso la mezcla de los vinos había reaccionado químicamente para convertirse en agua?

No, claro que no.

Entonces ¿qué había pasado?

Muy sencillo: cada habitante pensó que si en vez de llevar a la fiesta un litro de vino, llevaba un litro de agua, nadie se daría cuenta, porque un litro de agua mezclado con diecinueve mil novecientos noventa y nueve litros de vino, no se notaría.

Lo curioso, y lo previsible, es que todos pensaron lo mismo.

Así es la vida. Somos humanos…

La sociedad civil tiene mucho poder. Pero ese poder sólo podremos usarlo si todos los ciudadanos, al unísono, hacemos todo lo que tenemos a nuestro alcance; sin embargo, la mayoría piensa que su ausencia no se notará entre el resto de la población. Pero si la mayoría piensa lo mismo, entonces, la mayoría se quedará en casa, sin hacer nada, esperando a que las cosas las cambien los demás.

¿Te imaginas si TODOS dejáramos de usar el coche durante un solo día?

¿Te imaginas si TODOS dejáramos de emplear el móvil durante veinticuatro horas?

¿Te imaginas si TODOS sacáramos la mitad de nuestro dinero de los bancos?

¿Te imaginas si TODOS dejáramos de utilizar la electricidad durante una sola jornada?

¿Te imaginas si TODOS votáramos en blanco una sola vez?

¿Te imaginas…?

Recuperaríamos el poder que los políticos y las grandes empresas nos siguen negando.

Pero ante cada propuesta de presión, la mayoría siempre piensa que su ausencia no se notará entre el resto. Pero generalmente la mayoría piensa lo mismo y siempre son los mismos los que actúan: la minoría.

Dejemos de pensar que nuestra opinión particular no vale nada, que nuestro voto individual no puede cambiar nada. No permitamos que triunfen los de siempre, los que hacen uso de la estrategia del “divide y vencerás”. De litro en litro se llenó el tonel de veinte mil. De voto en voto se llenan las urnas y se gana unas elecciones.

Este post es una continuación del anterior, por eso, permíteme que te deje aquí el link que te llevará al mismo.

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