Consejo romántico de Matías nº 5 – El mejor afrodisíaco de todos…

Hola, soy Matías, el protagonista masculino de la novela “Sal de mi cabeza y entra en mi vida”. Ya sé que soy repetitivo recordándote cada semana quién soy, pero como sabes, este blog es de Manu Moreno, mi creador, y me gusta que quede muy claro cuándo habla él y cuándo hablo yo. En esta ocasión te voy a dejar un consejo romántico.

Se han dicho maravillas acerca de las propiedades afrodisíacas de ciertos alimentos, como por ejemplo: ostras, almejas, mejillones, caviar, mariscos…; fresas, frambuesas, arándano; plátano, melón, cereza, granada, ciruela, uva, aguacate, coco, mango…; chocolate (en especial las peladillas de chocolate), nata, quesos, ajo…; dátiles, almendras… endibia, espárrago, zanahoria, alcachofa (o como se le llama en mi tierra: alcaucil)…

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Estoy malito… And the winner is…

Las vacaciones de verano nos han proporcionado descanso y relax, además de la posibilidad de desconectar de la rutina diaria. Pero también nos ha dejado algunos kilitos de más y muchos euros de menos.

El nuevo curso, como cada nuevo curso, viene cargado de nuevos propósitos y, entre ellos, es tradicional incorporar el deseo de perder peso y mejorar la línea. Sobre todo, el sobrepeso ganado durante el verano, ya que en vacaciones es muy habitual aparcar por unos días la dieta equilibrada y la actividad física que nos mantiene saludables y en forma durante el resto del año. Precisamente por esto, yo he abusado en los últimos días de la comida. Me he comido todo aquello de lo que me voy a privar a partir de ahora, pero… me he pasado.

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¿Son tan buenos todos los best-sellers como los pintan?

Una vez me contaron una historia real que me ayudará a ilustrar este post.

En el año 2007, en una estación de metro en el Distrito de Columbia, un hombre se sentó en el suelo y comenzó a tocar su violín. Al cabo de unos minutos un señor que pasaba por allí se percató de que había un músico tocando y se paró, pero después de unos segundos se fue. Un minuto más tarde, el músico recibió su primera propina: una mujer le echó un dólar pero sin ni siquiera pararse a escucharlo. Un poco después, otro hombre se apoyó en la pared a escucharlo, pero miró su reloj y se fue corriendo. Quien realmente mostró un verdadero interés por el violinista fue un niño pequeño que se detuvo a escuchar, pero su madre lo agarró del brazo y tiró de él, aunque éste volvía la cabeza todo el tiempo.

Durante los 45 minutos que el músico estuvo tocando se calcula que pasaron unas 1.500 personas delante de él. Pero sólo 6 se detuvieron, aunque apenas durante unos segundos. Unas 20 le dieron dinero, pero sin pararse. Sólo recaudó 32 dólares. Cuando acabó su actuación, se hizo el silencio. Nadie se dio cuenta. Nadie aplaudió. Aquel violinista no era cualquier persona, era Joshua Bell, uno de los músicos más talentosos del mundo. Había interpretado algunas de las piezas más complejas jamás escritas, en concreto interpretó seis piezas de Bach, con un violín valorado en más de 2,5 millones de euros. Dos días antes de tocar en el metro, este aclamado músico había ofrecido un recital en un teatro de Boston, para el que se agotaron todas las entradas, las cuales tenían un precio promedio de unos 120 euros.

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