El que vale… vale, y el que no…

Hace pocos años, el primer puesto como deporte nacional se lo disputaban repetidamente el “fútbol” y la “envidia”. Luego, ambos contrincantes fueron relegados al segundo y tercer lugar, respectivamente, pasando a la primera posición “hablar de la crisis”. Pero actualmente, ya tenemos un nuevo deporte nacional: “ser un indignado”, que consiste en quejarse de la crisis en general y de los políticos en particular.

Desde que tengo uso de razón he venido escuchando cómo, de forma generalizada, la gente se ha quejado siempre de todos los gobernantes que hemos tenido en España. Cuando gobernaba Adolfo Suárez, al final de su etapa como presidente del gobierno, hubo un período de tiempo en el que la opinión generalizada era que Suárez no servía para gobernar. Cuando gobernó Felipe González hubo un momento a partir del cual se extendió el sentir general de que González no servía. A José María Aznar también le llegó ese momento. A José Luis Rodríguez Zapatero (por la coyuntura con la que le tocó bregar) le ha llegado mucho antes de lo que nos hubiera gustado. A Mariano Rajoy (por la coyuntura con la que le está tocado bregar) no le ha dado tiempo de disfrutar de las mieles de su cargo. Y al siguiente, sea quien sea, también le va a llegar ese momento. Y al siguiente, y al otro, o A LA OTRA, quién sabe…

Y esto me lleva a preguntarme: “¿y si va a resultar que la culpa no es de los políticos?”

Bueno, a ver, si la calidad de una respuesta depende de la calidad de la pregunta, entonces, tal y como he formulado la pregunta, la respuesta es obvia: “los políticos, en general, tienen una importante parte de la culpa”. Basta con analizar cómo una persona llega a ser líder de un partido político cualquiera para justificar esta respuesta.

Recuerdo cuando yo era estudiante de ingeniería industrial que decíamos a modo de broma: “el que vale… vale, y el que no… arquitecto”. (Para compensar tengo que decir también que los estudiantes de arquitectura decían que “un dromedario es un caballo diseñado por un ingeniero industrial”.) Pues visto lo visto y aprovechando la inercia de aquella expresión podemos parafrasear diciendo que “el que vale… vale, y el que no… político”.

Pocos políticos han demostrado antes de dedicarse de forma profesional a la política la capacidad necesaria y suficiente para gestionar una unidad política (una concejalía, un ayuntamiento, un departamento, un ministerio…). Y no me refiero a poseer estudios universitarios. Todos conocemos personas de nuestro alrededor que tienen varias carreras y varios másteres pero que sin embargo no sirven ni para estar escondidos. Y por otro lado todos conocemos personas en nuestro alrededor que aun no teniendo estudios, e incluso sin haber leído un libro completo en toda su vida, han demostrado unas capacidades que no se aprenden en ninguna universidad.

Conozco algún autónomo y algún que otro pequeño empresario, sin estudios universitarios, capaces de sacarnos de esta crisis, si de ellos dependiera. Pero sin embargo, están a punto de cerrar sus negocios porque otros “lumbreras” (los banqueros) no les prestan dinero.

Pero bueno, no estoy aquí para caer en el mismo error generalizado que comentaba al principio; el error de quejarse de los políticos (ni de los banqueros). Estoy aquí para reflexionar sobre mi pregunta. Aunque esta vez la formularé mejor, para no influir en mi propia respuesta…

“¿Y si va a resultar que la culpa es de todos, no sólo de los políticos…?”

De todos los ciudadanos, de todos los habitantes de nuestro país. Y es que me temo que nos quejamos de los políticos y los culpamos por hacer lo que nosotros mismos hacemos a diario, aunque de forma anónima y al nivel que nos permiten las circunstancias…

Vivimos en un país en el que, de forma generalizada, siempre nos estamos quejando…

Nos quejamos de que un político cometa una infracción de tráfico (exceso de velocidad y positivo en el control de alcoholemia), cuando a muchos otros ciudadanos los han pillado también cometiendo infracciones de este tipo, y a otros los van a pillar tarde o temprano, pero esto no será noticia.

Nos rasgamos las vestiduras cuando un político ha tenido un trato machista contra alguna mujer, cuando resulta que un 40% de los hombres (me temo que se han quedado muy cortos los que hace poco hicieron un estudio al respecto) hacen un uso frecuente de la prostitución. ¿Y cuántos hombres “maltratan” a sus respectivas parejas femeninas?

Nos quejamos de que un político robe, cuando tanta gente piratea la televisión por cable de pago, o fotocopia un libro, o compra música en el Top Manta, o roba en el hipermercado, o no devuelve el cambio cuando le dan de más, o intenta meterle un gol a la compañía de seguros, o… Siempre me ha llamado la atención esa escena típica de algunas películas en la que el cliente toma su consumición y se marcha del bar dejando el dinero encima de la barra. La semana pasada (y no exagero) he visto en dos días seguidos como dos personas diferentes cogían con disimulo (no con el suficiente, porque yo les vi) de la barra del bar una moneda de un euro en el primer caso, y dos monedas, una de un euro y otra de cincuenta céntimos, en el segundo. Seguro que estas dos personas se alarman cuando ven o escuchan las noticias.

Ponemos el grito en el cielo cuando un político comete un fraude, cuando tanta gente defrauda a Hacienda. Es un signo de inteligencia pagar los mínimos impuestos posibles que la ley y la norma te permita, pero algunos son demasiado inteligentes… como esos políticos de los que se quejan.

Nos quejamos de que los políticos no se preocupen de la ecología, cuando tanta gente no recicla. Nos quejamos de que nuestras ciudades no están suficientemente limpias, y luego tanta gente tira las colillas, los chicles, los papeles, los desperdicios… en el suelo. O no tiran de la cisterna en un baño público.

Nos quejamos de que nuestros políticos son unos ineptos, y luego tanta gente se aborrega delante de la tele para ver un partido de fútbol, o para enterarse de cómo la famosa de turno se acuesta con el aspirante a famosete… Admiramos la mediocridad.

Nos quejamos de la economía, pero no hacemos ni el más mínimo esfuerzo por adquirir unos conocimientos básicos sobre economía ni sobre finanzas personales, los cuales mejorarían grandemente nuestra calidad de vida.

Nos quejamos de que los políticos trabajan poco y ganan mucho, cuando tanta gente se escaquea de sus puestos de trabajo, apuntan horas extras que no han trabajado, justifican gastos que no han efectuado…

Nos quejamos del paro, pero cuando un emprendedor español tiene una buena idea, le damos la espalda. Y no sólo los capullos de los banqueros, sino todo el mundo, porque miramos para China, porque los chinos lo hacen más barato. Aunque no te lo metas en la boca porque te intoxicarás. Dentro de unos cuantos años China será la primera potencia mundial. Y nosotros la última. Por supuesto, si seguimos así, dentro de varias generaciones el presidente del gobierno español tendrá los ojos rasgados…

Exportamos materias primas desde nuestro país, y luego la volvemos a importar un poco elaborada por un precio infinitamente mayor…

Tenemos muchos defectos y cometemos muchos errores, pero… nos pasan inadvertidos. Sin embrago, cuando escuchamos la radio o leemos el periódico o vemos la tele (el que la vea) comentamos con los de al lado lo capullos que son nuestros políticos, y nos sentimos bien. Nos sentimos mejor cuanto más despreciamos a los políticos, nos sentimos mejores personas; sin embargo, el comportamiento de muchos de nosotros es el mismo que el de ellos, aunque a otro nivel, sin llegar a ser noticia.

Pero, ¿acaso los políticos podrían ser de otra manera? Los políticos son personas, sin más, ciudadanos de nuestro país. Es normal que de entre personas como las que hemos descrito en los párrafos anteriores salgan los políticos que tenemos. No hay otra.

Siempre escucho que nuestro país necesita otros políticos. Pero para ello tenemos que mejorar la cantera. ¿De qué sirve tener mejores políticos si seguimos siendo los mismos ciudadanos? Nuestro país no necesita mejores políticos, sino mejores hombres y mujeres. Tenemos que recuperar nuestros valores, nuestra honestidad, nuestra honradez, nuestra lealtad… Actualmente somos un país defectuoso; por tanto, gobierne quien gobierne, todo seguirá igual: defectuoso; nada cambiará, porque somos nosotros mismos los que tenemos que cambiar primero. Si cada uno de nosotros cambia, todo cambiará a nuestro alrededor. Y dejaremos de quejarnos.

Dudo mucho de que ningún político lo pueda hacer mejor, porque somos nosotros los únicos que podemos mejorar todo esto.

¿Cómo…?

Haciéndonos responsables de nuestras propias vidas y dejando de culpar a los demás de nuestras propias miserias. Nos quejamos de la crisis, de la sociedad, de los políticos, de los jefes, de los banqueros, de la mala suerte, del destino… Les echamos la culpa a las demás persona y a los agentes externos, y así no nos sentimos responsables de nuestra situación ni de nuestras propias vidas. Estamos esperando siempre a que alguien nos saque las castañas del fuego, a que nos marque el camino a seguir, a que nos limpie antes el camino… En definitiva, nos quejamos y nos preocupamos de lo que no depende de nosotros, en vez de ocuparnos de lo que sí está bajo nuestra responsabilidad y nuestro control: nosotros mismos. Y así permanecemos quejándonos hasta que se nos va la desilusión. De esta manera va pasando un día y otro. Y cuando algo nos vuelve a desilusionar, vuelta a empezar: nos vamos al frigorífico, cogemos algo para picar y encendemos la tele.

Aquí hace falta otra cosa. No hacen falta mejores políticos. Tampoco hacen falta huelgas, ni concentraciones de indignados, ni caceroladas, ni leches. Hace falta un cambio de actitud. Pero no un cambio de actitud colectiva, sino individual. No se puede cambiar la actitud colectiva. Eso es imposible. Sólo se puede cambiar la actitud de cada uno de nosotros. Y mientras esto no cambie, mientras no cambie nuestra actitud y nuestra forma de pensar, seguiremos estancados, en esta dichosa crisis, económica, de valores, global.

¿Acaso es que no debemos quejarnos…? No lo sé. Pero de lo que sí estoy seguro es de que si cada uno de nosotros hiciera el esfuerzo de no merecer ninguna queja, al cabo de un tiempo, la palabra “queja” desaparecería del diccionario, por falta de uso…

Y que conste que toda esta parrafada no ha sido una queja, sino una reflexión “en voz alta”.

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3 pensamientos en “El que vale… vale, y el que no…

  1. Amigo Manu, cuanta razón tienes, cuando los hombres nos quejamos dejamos de ser consecuentes con nuestros problemas para trasladárselos a alguien, conozco la historia de un tipo que dejo de quejarse hace muchos años y no con ello la vida le fue mejor, pero te puedo asegurar que es capaz de levantarse todas las mañanas pensando que el mundo va a cambiar “hoy” y que siempre tiene unas risas para cualquier amigo, una sonrisa para cualquier banquero y un saludo afectuoso para cualquier político.
    Es mas, yo diría que incluso que es “feliz” y que crea felicidad. Lastima que en este mundo eso no este remunerado, porque estoy convencido que si lo estuviese ademas de todo lo que tiene seria millonario.

    El que vale… vale, y el que no…

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    • Hola, querido Ramón.

      Eres muy modesto, por eso no has desvelado la identidad de ese tipo que dejó de quejarse hace muchos años y que a pesar de todo es feliz. Ése… eres tú. Y además, vas haciendo feliz a tus amigos.

      Gracias, señor Orange, porque a pesar de que soy un cliente insatisfecho con sus servicios y con sus errores, la tarifa que usted me aplica me permite mantener largas conversaciones telefónicas con mi amigo Ramón, en las que además de hablar de lo que nos gusta (los negocios), también me lo paso de puta madre.

      Un abrazo, amigo Ramón.

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  2. Hace unos años leí este artículo.Estaba fascinada ,pues sentia que cada palabra que leía me estaba siendo arrancada de mis pensamientos.Hoy, después de esta etapa tan larga de crisis estas mucho más en lo cierto.Tenemos la opción de hacer cambios pero,eso implica un esfuerzo y el ser humano es más de quejas .

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